Mal empieza el día.
De la cubierta procede un grito, y, acto seguido se oyen pasos acelerados en los compartimentos superiores.
Revuelo en la cubierta, caras circunspectas, hombres a medio vestir asomados a las amuras de babor. Algunos gavieros se descuelgan de las vergas, y se deslizan como monos hacia abajo. Todos gritan. En la baranda, los ojos se salen de las órbitas y las gargantas se desgañitan, haciendo bocina con las manos hacia algún objeto que se encuentra sobre la superficie de las olas.
Aparezco en el puente, aún calándome las calzas y la blusa, y recorro la distancia que me separa de mis compañeros. Me asomo a la baranda.
En medio de las olas, a unos siete cables, se distingue la vaga figura de un hombre.
De pronto lo comprendo todo.
-¡Hombre al agua...! ¡Hombre al agua...! -grita el contramaestre-. ¡Maldita sea...! ¡Montad el arpón...!
Las crestas de las olas impiden distinguir a quien pertenece la cabeza que, de tanto en tanto, surge de entre las olas. Un abombado campo de jorobas y simas acuáticas se extiende entre el Sant Antoni y el desdichado valeroso que flota a merced del piélago.
En un primer momento, me cuesta creer que un hombre hecho a la mar, como aquel tigre que pugna por sobresalir de la resaca, detente mayores problemas para sostenerse hasta que le larguemos un cable. Sin embargo aquel hombre parece sufrir alguna convulsión que lo retiene preso en el seno del líquido.
¿Está herido?, me pregunto. No podría decirse. Sin embargo, me doy cuenta de que hay que actuar rápido, o será demasiado tarde.
Me acerco al contramaestre, quien está a mi derecha. Desde su posición se puede ver mejor al náufrago. El hombre tiene barba, y su semblante resulta familiar, incluso a tal distancia. El contramaestre, a mi lado, enfoca un catalejo para tratar de averiguar qué contingencia pone a prueba al pobre desdichado. Cuando por fin parece descubrir de qué se trata, una enorme ola bate contra el casco, llenando la cubierta de agua y arrojándonos a todos por tierra.
Cuando la resaca de la ola despeja el puente, nos percatamos de que el catalejo se ha perdido en el insondable océano.
Sin mayor dilación, me saco la blusa y me quito los escarpines, presto al salto. No hay tiempo que perder, si queremos que el hombre no se vea transido de cansancio. Pero un momento antes de arrojarme por la borda, el contramaestre me toca el hombro, y me señala al arponero, quien, desde la popa, se prepara para lanzar un arpón atado a una cuerda, para socorrer al infortunado.
El disparo es certero, y el cable cae a dos metros del hombre. Una nueva ola nos tapa la visión, ocultando momentáneamente al desdichado tigre que yace en el agua. Cuando la corriente le sobrepasa, y el barco se estabiliza, puedo apreciar que lo que retiene al hombre aferrado a aquel punto es algún fardo blanquecino, que el muy obstinado trata de mantener a flote.
Al ver caer a su lado el cable, el hombre alarga la mano, y trata de aferrarlo. Con el corazón en un puño, le vemos estirar los dedos hasta que la tensión de los tendones se hace insoportable. Por fin, con un grito, consigue asir la cuerda. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, tira del objeto que hay en su otra mano.
Pronto lo comprendo todo. El hombre, es el oficial Bernet. El fardo, es uno de nuestros valerosos tigres, que yace semiconsciente en el regazo de este.
Diez minutos más tarde, ambos hombres son subidos a cubierta, y el oficial Bernet se desploma en el suelo, derrotado. Observo al otro hombre: creo reconocerlo. Se trata de uno de los tigres que imparten sus lecciones en la cuarta cubierta. Ha tragado mucha agua, pero, el médico le practica el boca a boca con celeridad, hasta que este se pone a toser y a escupir agua.
La desgracia no pasa de ahí. Pero ha sido un susto terrible. Todos felicitan al oficial por su proeza.
El incidente hace difícil la postrera concentración de la tripulación. No se nos dan más explicaciones acerca de los motivos que llevaron al primer hombre al agua, y se nos consigna al trabajo.
Se suponía que debíamos hacer un desdoblamiento en el aula magna, junto al oficial Bernet. Pero huelga decir que ha resultado imposible.
Con la boca abierta, y el semblante atónito, observo cómo el oficial se acerca al proyector y, apenas sin haber descansado después de su hazaña, se pone a explicar un power point. Su voz es completamente normal, su tono no deja entrevar ningún accidente psicológico. Apuesto a que los tigres de 2º no se percatan si quiera de que acaba de sufrir un trance. Me maravilla pensar que el oficial se comporte como si no hubiera sucedido nada, como si acabara de levantarse del jergón y, tras desayunar unas gachas con hidromiel, se hubiese puesto a dar clase.
Junto al aula magna, el laboratorio cuenta con varios ejemplares de gimnospermas y angiospermas. Una vez terminada la exposición, el oficial da a sus muchachos la opción de quedarse en el aula magna para terminar la parrilla "gimnospermas-angiospermas", o bien ir al laboratorio a contemplar los ejemplares de visu. En ese punto, dividimos nuestros esfuerzos para controlar mejor a los tigrecitos: el oficial se queda con el laboratorio, mientras que la timonel y yo aguardamos en el aula magna.
En los muchachos se percibe poco interés hoy. Murmullos y picardías presiden la sala. Quizás hayan oído algo sobre el incidente; el caso es que están muy parlanchines. Me doy cuenta, además, de que algunos trabajan en otra asignatura, en particular, tecnología. Imagino que tienen hoy prueba escrita, y por ello están turbados. Descubro a uno de ellos preguntándome acerca de mi vida privada, una cuestión que no me hace mucha gracia, así que le echo con cajas destempladas y le pido que por favor termine su trabajo.
Ciertamente yo también tengo turbado el ánimo. A parte de esto, las preguntas que me hacen hoy los tigres ponen en evidencia mis carencias conceptuales. Me doy cuenta de mis grandes lagunas en algo tan simple como pueden ser los órganos de las plantas sin flores. Decido que, cuando termine el día, repasaré los conceptos en la vieja biblioteca del sótano.
La enseñanza del día de hoy era ya bien conocida, sin embargo he podido vivirla en directo y en mis carnes: conocer una materia en profundidad no es ni mucho menos lo único importante para ser profesor, pero resulta de una relevancia y confiere tal seguridad que hace que todo lo demás parezca casi secundario.
Mientras bostezo en el fondo de mis sábanas, cavilo sobre aquella frase que escuché una vez a uno de mis maestros de carrera, que decía que, para dar clases, uno debe saber diez veces más acerca de un tema de lo que realmente pretende explicar.
De la cubierta procede un grito, y, acto seguido se oyen pasos acelerados en los compartimentos superiores.
Revuelo en la cubierta, caras circunspectas, hombres a medio vestir asomados a las amuras de babor. Algunos gavieros se descuelgan de las vergas, y se deslizan como monos hacia abajo. Todos gritan. En la baranda, los ojos se salen de las órbitas y las gargantas se desgañitan, haciendo bocina con las manos hacia algún objeto que se encuentra sobre la superficie de las olas.
Aparezco en el puente, aún calándome las calzas y la blusa, y recorro la distancia que me separa de mis compañeros. Me asomo a la baranda.
En medio de las olas, a unos siete cables, se distingue la vaga figura de un hombre.
De pronto lo comprendo todo.
-¡Hombre al agua...! ¡Hombre al agua...! -grita el contramaestre-. ¡Maldita sea...! ¡Montad el arpón...!
Las crestas de las olas impiden distinguir a quien pertenece la cabeza que, de tanto en tanto, surge de entre las olas. Un abombado campo de jorobas y simas acuáticas se extiende entre el Sant Antoni y el desdichado valeroso que flota a merced del piélago.
En un primer momento, me cuesta creer que un hombre hecho a la mar, como aquel tigre que pugna por sobresalir de la resaca, detente mayores problemas para sostenerse hasta que le larguemos un cable. Sin embargo aquel hombre parece sufrir alguna convulsión que lo retiene preso en el seno del líquido.
¿Está herido?, me pregunto. No podría decirse. Sin embargo, me doy cuenta de que hay que actuar rápido, o será demasiado tarde.
Me acerco al contramaestre, quien está a mi derecha. Desde su posición se puede ver mejor al náufrago. El hombre tiene barba, y su semblante resulta familiar, incluso a tal distancia. El contramaestre, a mi lado, enfoca un catalejo para tratar de averiguar qué contingencia pone a prueba al pobre desdichado. Cuando por fin parece descubrir de qué se trata, una enorme ola bate contra el casco, llenando la cubierta de agua y arrojándonos a todos por tierra.
Cuando la resaca de la ola despeja el puente, nos percatamos de que el catalejo se ha perdido en el insondable océano.
Sin mayor dilación, me saco la blusa y me quito los escarpines, presto al salto. No hay tiempo que perder, si queremos que el hombre no se vea transido de cansancio. Pero un momento antes de arrojarme por la borda, el contramaestre me toca el hombro, y me señala al arponero, quien, desde la popa, se prepara para lanzar un arpón atado a una cuerda, para socorrer al infortunado.
El disparo es certero, y el cable cae a dos metros del hombre. Una nueva ola nos tapa la visión, ocultando momentáneamente al desdichado tigre que yace en el agua. Cuando la corriente le sobrepasa, y el barco se estabiliza, puedo apreciar que lo que retiene al hombre aferrado a aquel punto es algún fardo blanquecino, que el muy obstinado trata de mantener a flote.
Al ver caer a su lado el cable, el hombre alarga la mano, y trata de aferrarlo. Con el corazón en un puño, le vemos estirar los dedos hasta que la tensión de los tendones se hace insoportable. Por fin, con un grito, consigue asir la cuerda. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, tira del objeto que hay en su otra mano.
Pronto lo comprendo todo. El hombre, es el oficial Bernet. El fardo, es uno de nuestros valerosos tigres, que yace semiconsciente en el regazo de este.
Diez minutos más tarde, ambos hombres son subidos a cubierta, y el oficial Bernet se desploma en el suelo, derrotado. Observo al otro hombre: creo reconocerlo. Se trata de uno de los tigres que imparten sus lecciones en la cuarta cubierta. Ha tragado mucha agua, pero, el médico le practica el boca a boca con celeridad, hasta que este se pone a toser y a escupir agua.
La desgracia no pasa de ahí. Pero ha sido un susto terrible. Todos felicitan al oficial por su proeza.
El incidente hace difícil la postrera concentración de la tripulación. No se nos dan más explicaciones acerca de los motivos que llevaron al primer hombre al agua, y se nos consigna al trabajo.
Se suponía que debíamos hacer un desdoblamiento en el aula magna, junto al oficial Bernet. Pero huelga decir que ha resultado imposible.
Con la boca abierta, y el semblante atónito, observo cómo el oficial se acerca al proyector y, apenas sin haber descansado después de su hazaña, se pone a explicar un power point. Su voz es completamente normal, su tono no deja entrevar ningún accidente psicológico. Apuesto a que los tigres de 2º no se percatan si quiera de que acaba de sufrir un trance. Me maravilla pensar que el oficial se comporte como si no hubiera sucedido nada, como si acabara de levantarse del jergón y, tras desayunar unas gachas con hidromiel, se hubiese puesto a dar clase.
Junto al aula magna, el laboratorio cuenta con varios ejemplares de gimnospermas y angiospermas. Una vez terminada la exposición, el oficial da a sus muchachos la opción de quedarse en el aula magna para terminar la parrilla "gimnospermas-angiospermas", o bien ir al laboratorio a contemplar los ejemplares de visu. En ese punto, dividimos nuestros esfuerzos para controlar mejor a los tigrecitos: el oficial se queda con el laboratorio, mientras que la timonel y yo aguardamos en el aula magna.
En los muchachos se percibe poco interés hoy. Murmullos y picardías presiden la sala. Quizás hayan oído algo sobre el incidente; el caso es que están muy parlanchines. Me doy cuenta, además, de que algunos trabajan en otra asignatura, en particular, tecnología. Imagino que tienen hoy prueba escrita, y por ello están turbados. Descubro a uno de ellos preguntándome acerca de mi vida privada, una cuestión que no me hace mucha gracia, así que le echo con cajas destempladas y le pido que por favor termine su trabajo.
Ciertamente yo también tengo turbado el ánimo. A parte de esto, las preguntas que me hacen hoy los tigres ponen en evidencia mis carencias conceptuales. Me doy cuenta de mis grandes lagunas en algo tan simple como pueden ser los órganos de las plantas sin flores. Decido que, cuando termine el día, repasaré los conceptos en la vieja biblioteca del sótano.
La enseñanza del día de hoy era ya bien conocida, sin embargo he podido vivirla en directo y en mis carnes: conocer una materia en profundidad no es ni mucho menos lo único importante para ser profesor, pero resulta de una relevancia y confiere tal seguridad que hace que todo lo demás parezca casi secundario.
Mientras bostezo en el fondo de mis sábanas, cavilo sobre aquella frase que escuché una vez a uno de mis maestros de carrera, que decía que, para dar clases, uno debe saber diez veces más acerca de un tema de lo que realmente pretende explicar.
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