miércoles, 30 de marzo de 2011

Autoridad e improvisación

Hoy he podido escribir de nuevo. Había pasado los últimos tres días en cama, sin poder ingerir más que unas gotas de ron y un poco de arroz, sin embargo ayer me incorporé y volví al trabajo. Creo que algún virus tropical recorre la cubierta y, prueba de ello, es el hecho de que varios compañeros míos también hayan caído enfermos.
Había acudido el lunes pasado, día de San Valentín, a una instrucción de matemáticas de la armera Turón. Me sentía como pez en el agua, después de dos días de descanso tras nuestro abordaje en Oporto. Los músculos descansados, el raciocinio despejado, no podía pedirse que la clase transcurriese de mejor manera para mí, más aún cuando los muchachos estaban tan motivados: ciertamente tenían en la cabeza la significativa fecha en que nos encontrábamos, y a más de uno ya se le veían las maneras de Don Juan, aún estando en el aula.
Durante la sesión tuvimos oportunidad de retomar las por mí casi olvidadas sumas y restas de fracciones, mientras practicábamos con lo jóvenes efectuando descomposiciones y máximos divisores comunes.
Creo que debía ser media mañana cuando me quedé dormido en el castillo de proa, en el suelo, bajo una miríada de rayos solares que debieron traspasarme la materia gris.
Es por ello que, a última hora, me encontrara ya tan mal. Era seguro que me había dado una insolación, quedándome frío para mayor agravio.
Cuando volví a reunirme con la armera, sentía que el mundo giraba alrededor de mi cabeza. Tenía la visión borrosa y el hálito jadeante, sin embargo, esto no impidió que asistiera a la última sesión del día, en compañía de los tigres de 2º de ESO B.
Acaso fuera, como se ha dicho, el hecho de que estuviéramos en el día de los enamorados, o quizás que fuese la última hora de un largo día, si bien sea como fuere, ya desde que entramos en el aula, percibimos mucho jaleo y exaltación por parte de la tropa. Ante tal desproporción de confusión y desorden, Elisenda, muy enfadada, se encaró con sus muchachos tratando de enderezarles de manera perentoria. Todavía enojada, pidió que alguien fuera a por el proyector, con el fin de poder utilizarlo para las exposiciones que debían hacer algunos de los suyos.
Ciertamente me daba cuenta de lo difícil que sería tornar una situación de descontrol y amotinamiento en una clase tranquila, pero el don de mando de la armera y su experiencia bastaron para reconducir a los alborotadores hacia fueros más pacíficos.
Siempre he admirado esa capacidad de mando que detentan algunas personas y de la cual yo, sea por falta de tablas, o sea por las propias aptitudes personales de cada uno, carezco. Pocas veces me he visto en la necesidad de dar voces y enfadarme ante un grupo numeroso de gente a mi cargo; espero estar a la altura el día que lo necesite. En verdad a nadie le gusta ejercer de sátrapa, pero en ocasiones límite es del todo necesaria la mano dura para hacerse respetar.
Las exposiciones, al igual que un par de días antes en la sesión del oficial Bernet, resultaron de lo más enternecedoras y agradables. Por un momento envidié y sentí orgullo de aquellos muchachos que, a tan temprana edad, eran capaces de valerse de técnicas tan modernas como las presentaciones en power point para exponer sus tareas. A su edad yo apenas sabía manejar un ordenador y, desde luego, no hubiera tenido la sangre fría como para dar un pregón con tanta desenvoltura.
Como ya se ha dicho, el día terminó sin otro incidente que el hecho de que yo quedara transido de fuerzas, teniendo que ingresar en cama, de la que no salí por periodo de tres días.
Ayer, por fin en pie, efectué mi segunda salida del buque, como segundo al mando de un grupo de jóvenes intrépidos. Comandados por Roger Bernet, nos embarcamos en una chalupa que nos acercó a la costa, donde, tras caminar por periodo de veinte minutos, tomamos el metropolitano en dirección a Cosmo-Caixa.
El día no era lluvioso, sin embargo el viento era muy pesado y gélido. Habíamos llegado al museo a la hora prefijada, y aguardábamos ante el edificio a la espera de órdenes, mientras ingeríamos algunas calorías de pan  y fiambre que nos inducieron un poco de valor contra los elementos.
Al principio se suponía que mi compañera, la timonel de los Santos, y yo, debíamos explicar a los jóvenes lo relativo al "muro geológico" del museo, lo cual ya me mantenía inquieto, por no haber podido prepararme debidamente la lección.
"Aunque por otra parte", pensé, "un profesor tiene que estar preparado para improvisar en todo momento".
Así trataba yo de infundirme ánimos, mientras aguardaba la espera.
Hasta entonces, no sabía de Cosmo-Caixa más que se trataba de un museo de ciencias, relativamente moderno. Cuando por fin accedimos al recinto, entendí la importancia didáctica del lugar.
Numerosos grupos de colegiales rondaban por la sala principal, presidida, como en todo buen museo de ciencias, por un enorme péndulo de Foucault que colgaba de un techo que bien podía estar a 25 toesas del suelo. Observé que las instalaciones eran muy adecuadas al público infantil y juvenil, con guías especializados en estos rangos de edades, y experimentos llamativos que captasen la atención de los más pequeños.
En principio se dio tiempo libre para que los muchachos se situaran en el lugar. Más tarde, un amable guía nos acompañó en el recorrido por la "Sala de la materia", donde nos fue explicando algunos aspectos muy curiosos de la ciencia. Tuvimos ocasión de admirar juegos de ondas, campos magnéticos, arena, electricidad... y un sinfín de artilugios. Por último se dejó nuevamente a los alumnos un rato libre, durante el cuál pudimos degustar un café y admirar, al menos de lejos, los ejemplares reptilianos del bosque inundado.
A las 12:00, si mal no recuerdo, se había quedado ante el péndulo, para subir a la segunda planta, donde finalmente sería Roger quien explicase el muro geológico. En su humildad, Roger me pedía que estuviera atento por si él decía "alguna barbaridad", ya que me consideraba a mí, de alguna manera, más experto en la materia, por mi formación más específica en geología. ¡Qué sencillez y modestia...!Al oír aquello, ciertamente, no pude menos que maravillarme, puesto que yo, lejos de encontrar ningún desperfecto en sus explicaciones, debo decir que fueron óptimas.
Pues bien, una vez explicado el muro geológico, la comitiva se dispuso a comer; pero yo, que aún estaba débil y convaleciente, decidí separarme del grupo y acudir a los muelles, donde me quedé recostado en la bodega de la chalupa, entre unos sacos de garbanzos, hasta que, una vez llegaron mis compañeros, partimos nuevamente hacia el Sant Antoni.
Hoy, miércoles, el día ha sido mucho más pacífico, y sólo cabría destacar mi asistencia a un examen de experimentales en 1ª de ESO C, junto a la armera Turón. Tan sólo mencionar que, ante las preguntas de "temario" que los muchachos me hacían durante la prueba, he sido medianamente capaz de ayudarles en sus dudas. Sin embargo, cuando la pregunta se trataba de algún aspecto procedimental, como por ejemplo, si "se puede escribir por la parte de detrás de la hoja", resulta difícil dar alguna respuesta, como no tengas las cosas claras o seas el profesor titular.
Nuevamente acudo a la importancia de la improvisación en la enseñanza, y, termino mi narración de hoy bajo la siguiente reflexión, que escuché a Paco de Lucía:

"La gente me pregunta cómo hago para improvisar. Yo les respondo: improvisando".

martes, 29 de marzo de 2011

Saber no hace al maestro, pero ayuda

Mal empieza el día.
De la cubierta procede un grito, y, acto seguido se oyen pasos acelerados en los compartimentos superiores.
Revuelo en la cubierta, caras circunspectas, hombres a medio vestir asomados a las amuras de babor. Algunos gavieros se descuelgan de las vergas, y se deslizan como monos hacia abajo. Todos gritan. En la baranda, los ojos se salen de las órbitas y las gargantas se desgañitan, haciendo bocina con las manos hacia algún objeto que se encuentra sobre la superficie de las olas.
Aparezco en el puente, aún calándome las calzas y la blusa, y recorro la distancia que me separa de mis compañeros. Me asomo a la baranda.
En medio de las olas, a unos siete cables, se distingue la vaga figura de un hombre.
De pronto lo comprendo todo.
-¡Hombre al agua...! ¡Hombre al agua...! -grita el contramaestre-. ¡Maldita sea...! ¡Montad el arpón...!
Las crestas de las olas impiden distinguir a quien pertenece la cabeza que, de tanto en tanto, surge de entre las olas. Un abombado campo de jorobas y simas acuáticas se extiende entre el Sant Antoni y el desdichado valeroso que flota a merced del piélago.
En un primer momento, me cuesta creer que un hombre hecho a la mar, como aquel tigre que pugna por sobresalir de la resaca, detente mayores problemas para sostenerse hasta que le larguemos un cable. Sin embargo aquel hombre parece sufrir alguna convulsión que lo retiene preso en el seno del líquido.
¿Está herido?, me pregunto. No podría decirse. Sin embargo, me doy cuenta de que hay que actuar rápido, o será demasiado tarde.
Me acerco al contramaestre, quien está a mi derecha. Desde su posición se puede ver mejor al náufrago. El hombre tiene barba, y su semblante resulta familiar, incluso a tal distancia. El contramaestre, a mi lado, enfoca un catalejo para tratar de averiguar qué contingencia pone a prueba al pobre desdichado. Cuando por fin parece descubrir de qué se trata, una enorme ola bate contra el casco, llenando la cubierta de agua y arrojándonos a todos por tierra.
Cuando la resaca de la ola despeja el puente, nos percatamos de que el catalejo se ha perdido en el insondable océano.
Sin mayor dilación, me saco la blusa y me quito los escarpines, presto al salto. No hay tiempo que perder, si queremos que el hombre no se vea transido de cansancio. Pero un momento antes de arrojarme por la borda, el contramaestre me toca el hombro, y me señala al arponero, quien, desde la popa, se prepara para lanzar un arpón atado a una cuerda, para socorrer al infortunado.
El disparo es certero, y el cable cae a dos metros del hombre. Una nueva ola nos tapa la visión, ocultando momentáneamente al desdichado tigre que yace en el agua. Cuando la corriente le sobrepasa, y el barco se estabiliza, puedo apreciar que lo que retiene al hombre aferrado a aquel punto es algún fardo blanquecino, que el muy obstinado trata de mantener a flote.
Al ver caer a su lado el cable, el hombre alarga la mano, y trata de aferrarlo. Con el corazón en un puño, le vemos estirar los dedos hasta que la tensión de los tendones se hace insoportable. Por fin, con un grito, consigue asir la cuerda. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, tira del objeto que hay en su otra mano.
Pronto lo comprendo todo. El hombre, es el oficial Bernet. El fardo, es uno de nuestros valerosos tigres, que yace semiconsciente en el regazo de este.
Diez minutos más tarde, ambos hombres son subidos a cubierta, y el oficial Bernet se desploma en el suelo, derrotado. Observo al otro hombre: creo reconocerlo. Se trata de uno de los tigres que imparten sus lecciones en la cuarta cubierta. Ha tragado mucha agua, pero, el médico le practica el boca a boca con celeridad, hasta que este se pone a toser y a escupir agua.
La desgracia no pasa de ahí. Pero ha sido un susto terrible. Todos felicitan al oficial por su proeza.
El incidente hace difícil la postrera concentración de la tripulación. No se nos dan más explicaciones acerca de los motivos que llevaron al primer hombre al agua, y se nos consigna al trabajo.
Se suponía que debíamos hacer un desdoblamiento en el aula magna, junto al oficial Bernet. Pero huelga decir que ha resultado imposible.
Con la boca abierta, y el semblante atónito, observo cómo el oficial se acerca al proyector y, apenas sin haber descansado después de su hazaña, se pone a explicar un power point. Su voz es completamente normal, su tono no deja entrevar ningún accidente psicológico. Apuesto a que los tigres de 2º no se percatan si quiera de que acaba de sufrir un trance. Me maravilla pensar que el oficial se comporte como si no hubiera sucedido nada, como si acabara de levantarse del jergón y, tras desayunar unas gachas con hidromiel, se hubiese puesto a dar clase.
Junto al aula magna, el laboratorio cuenta con varios ejemplares de gimnospermas y angiospermas. Una vez terminada la exposición, el oficial da a sus muchachos la opción de quedarse en el aula magna para terminar la parrilla "gimnospermas-angiospermas", o bien ir al laboratorio a contemplar los ejemplares de visu. En ese punto, dividimos nuestros esfuerzos para controlar mejor a los tigrecitos: el oficial se queda con el laboratorio, mientras que la timonel y yo aguardamos en el aula magna.
En los muchachos se percibe poco interés hoy. Murmullos y picardías presiden la sala. Quizás hayan oído algo sobre el incidente; el caso es que están muy parlanchines. Me doy cuenta, además, de que algunos trabajan en otra asignatura, en particular, tecnología. Imagino que tienen hoy prueba escrita, y por ello están turbados. Descubro a uno de ellos preguntándome acerca de mi vida privada, una cuestión que no me hace mucha gracia, así que le echo con cajas destempladas y le pido que por favor termine su trabajo.
Ciertamente yo también tengo turbado el ánimo. A parte de esto, las preguntas que me hacen hoy los tigres ponen en evidencia mis carencias conceptuales. Me doy cuenta de mis grandes lagunas en algo tan simple como pueden ser los órganos de las plantas sin flores. Decido que, cuando termine el día, repasaré los conceptos en la vieja biblioteca del sótano.
La enseñanza del día de hoy era ya bien conocida, sin embargo he podido vivirla en directo y en mis carnes: conocer una materia en profundidad no es ni mucho menos lo único importante para ser profesor, pero resulta de una relevancia y confiere tal seguridad que hace que todo lo demás parezca casi secundario.
Mientras bostezo en el fondo de mis sábanas, cavilo sobre aquella frase que escuché una vez a uno de mis maestros de carrera, que decía que, para dar clases, uno debe saber diez veces más acerca de un tema de lo que realmente pretende explicar.

domingo, 20 de marzo de 2011

Naturalismo y fauna marina

Atrás quedaba la calma del puerto de Cádiz, cuando el Sant Antoni surcaba la rada de Lisboa, en el vasto océano de los Atlantes. Un grupo de simpáticos delfines se habían unido a nuestra comitiba, y jugaban bajo el casco y junto a la quilla, efectuando prodigiosas acrobacias en torno a la nave. Sin duda aquellos animales estaban de buen humor, y venían a expresarnos su rúbrica de buena suerte amparada por la mano de su padre, el bienhechor Neptuno.
En el laboratorio de la tercera cubierta, mientras tanto, los tigres de primero se afanaban en bosquejar ejemplares muscinales, ante la cariñosa mirada de Roger Bernet, quien les explicaba las bondades y excelencias del dibujo de ejemplares naturales. No era la primera vez que el oficial ponía los pinceles en manos de sus tigres, pues ya le habíamos visto proceder así en semanas anteriores.
-Se trata de hacer el dibujo lo mejor posible -había dicho Roger-. Debemos fijarnos bien en los detalles, para aprender a describir lo que uno ve. ¡Es otra manera de estudiar ciencias!
En realidad la mayoría de aquellos valientes no destacaban por sus cualidades artísticas, si bien ponían en la obra todo su empeño y maniobra. Valiéndose de las lupas binoculares, algunos consiguieron verdaderas láminas de herbolario, a las que solo faltaban algunos toques de pálido color para haberse asemejado a los dibujos del botánico francés Auguste Pleé.
Creo que algunos de los objetivos de aquella práctica podían ser:
-Hacer hincapié en la importancia del dibujo naturalista como vehículo para la observación y descripción de organismos y estructuras.
-Potenciar la observación y descripción detalladas de un grupo de organismos, en este caso los musgos.
-Favorecer el trabajo en equipo de los jóvenes.
-Aprender a tener criterio acerca de lo que debe ser un buen dibujo naturalista.

De tal modo, inmersos entre esporangios y rizomas, se nos pasó el día y apareció la luna, en cuarto menguante. Hasta bien entrada la noche nos quedamos recogiendo ejemplares y limpiando la cubierta con cepillos de púas y sebo de cerdo.

Un buen trago de aguardiente me hizo despertar a media noche para vaciar la vejiga, si embargo volví a caer sobre mi lecho igual que un rorcual se deja caer de espaldas contra las olas.
Quizás debido a un problema de organización, o puede que porque así lo quisiera el destino, al día siguiente, de buena mañana, mi compañera de los Santos y yo nos encontramos almorzando junto a la guardamarina y la velera, nuestras otras compañeras de cuartel, en el puente, mientras asistíamos a un adiestramiento fotosintético de nuestra madrina naval, la armera Turón.
El "over booking" hizo que tuviéramos que apretujarnos un poco, si bien la falta de espacio nunca resulta molesta siempre y cuando se esté en buena compañía.
Dos comentarios positivos que hacer sobre aquella sesión que, por lo demás, resultó tan impecable como todas las sesiones impartidas por la armera:
-Interdisciplinareidad: mientras explicaba la fotosíntesis, penetró en varias ocasiones con habilidad el terreno de la química, haciendo ver que los conocimientos no se limitan mediante las fronteras que nos imponen los libros de texto.
-Referenciación académica: mediante la frase "Esto ya lo daréis más adelante, en otros cursos; ahora yo os contaré el proceso básico", la docente consiguió ubicar cómodamente los conceptos impartidos en el contexto global de toda la enseñanza escolar.
Puestos los deberes para casa, la sesión terminó con la misma suavidad que el planeo de una raya en las planicies del fondo oceánico.
A la sazón, el sol marcaba el mediodía, y disparaba sus puntiagudos rayos verticalmente sobre el maderamen del puente.
Al punto, volvimos a reunirnos con el oficial Bernet para asistir a una interesante sesión de exposiciones. Se había encomendado a los invencibles de 2º de ESO C la labor de exponer oralmente, y por equipos, los resúmenes del tema que estaban estudiando en aquel momento.
Fue así como asistimos a la exposición oral de los diferentes grupos, quienes nos fueron revelando los secretos del modelado kárstico y la intrépida idiosincrasia de las aguas salvajes.
Lo más positivo de aquella sesión, fue que Roger nos pidió a la timonel y a mí colaboración a la hora de evaluar a sus muchachos.
Dicho y hecho.
La timonel y yo, pertrechados de cuaderno y bolígrafo, fuimos tomando anotaciones, basándonos en los criterios de:
-Contenidos.
-Coordinación-organización.
-Interés-participación.
-Exposición.
Pude sacar en conclusión que acaso yo fuera un juez asaz magnánimo, puesto que mis calificaciones siempre planeaban unas décimas por encima de las de mi compañera y de las del oficial. No obstante ello, lo que hacíamos finalmente era poner en consenso nuestras observaciones, para dar así un promedio más justo a nuestros jóvenes tigres, quienes se afanaban con empeño por superar las dificultades de tamaña maniobra.
Una sesión, ciertamente, muy enriquecedora, que me hizo olvidar por completo el hecho de que abandonábamos Lisboa para surcar latitudes más septentrionales.

viernes, 18 de marzo de 2011

Camaradas

En el laboratorio, el oficial Bernet tiene a sus tigres de 1º cuadrándose en filas, ante él. Es viernes, día 28, y la cartografía de Besalú preside la mesa.
La bata de un alumno, toda pitarrajeada, está preñada de groseros mensajes, casi blasfemos, en los que se exaltan obscenidades que apenas me atrevo a reproducir. La cruz gamada de los teutones es sólo uno de los ejemplos de la profusa simbología que contiene.
El resto de batas no quedan exentas de todo tipo de mensajería: nombres propios, nombres de compañeros, enseñas de amistad y sellos de amor. Es raro reconocer a uno de ellos que no lleve incorporados sus propios emblemas; que no se haya tatuado a los propios dioses.
A segunda hora, me fijo cómo uno de los marineros del primer sector le cede su bata a algún ofuscado que se la ha dejado en casa; ya he visto este tipo de conducta en otras ocasiones; se trata de una práctica habitual: uno de entre los insurrectos desatiende sistemáticamente el uso de la bata, y se la pide a otro de su camada, que, más comedido o menos distraído, consiente en ello cada semana. ¿Existe intimación en ello? No podría decirse. Sin embargo creo que, en este punto, aquellos dos tigres están jugándose un consejo de guerra.
La práctica versa sobre el uso de mapas; la armera Turón ha sustituido al oficial Bernet a segunda hora, y, bajo su precepto, acompañamos a los briosos grumetes en el adiestramiento cartográfico.
Antes de abandonar el laboratorio, contemplo con nostalgia un mapa que representa mi tierra, en concreto la zona de Picos de Europa. Y es así como, divagando con nostalgia sobre de mis patrios lares, abandono el laboratorio de la tercera cubierta.
Me dirijo a la cuarta; asisto a una instrucción de la tropa de élite, los Ulises, donde brindaré toda mi capacidad observadora a mis camaradas, la velera de Trincheria y la guardamarina Zapater. El constructor xavi les ha puesto en un brete pues, si previo aviso, les ha pedido que dirijan a la tropa de élite en el calafateado del casco, en tanto que el San Antoni está fondeado en la bahía de Cádiz. La energía eléctrica acumulada en las nubes, nos sometió ayer a una fuerte tormenta de levante, cuando atravesábamos la línea de Granada. Es por ello que hoy se precisa que arrimemos el hombro, y echemos una mano.
En un primer momento de desconcierto, a la hora de organizar a los tigres para que ejerzan sus funciones, la velera se pone en pie, y avanza dos pasos, infundiendo su autoridad entre las vivarachas filas de la tropa. Habla con autoridad, y consigue aminorar la barahúnda hasta que sólo se percibe el lejano cloqueo de las aguas contra el casco. Acto seguido, la guardamarina comienza a dar instrucciones, y va haciendo pequeños resúmenes, párrafo, por párrafo, haciendo que los muchachos se pongan manos a la obra. La operación comienza a desarrollarse con normalidad y, pasados unos minutos, los tigres trabajan con entusiasmo.
En un momento dado, vuelve a la carga la velera de Trincheria, atribuyendo ahora a la tropa nuevas funciones. Comienzan a corregir el trabajo hecho, comienzan a sacar conclusiones, y, lo que es más importante, comienzan a penetrar en el mundo del conocimiento, haciéndose autónomos para que, cuando no estén siendo supervisados, puedan desempeñar satisfactoriamente su papel.
Sobra decir que me quedo obnubilado ante el buen hacer de mis compañeras, quienes, a base de acentuar sus consejos e insistir sobre los puntos más trascendentes, consiguen que el adiestramiento funcione sin trance alguno, como no fuera un pequeño rescate que tiene que hacer Xavi para explicar los factores de conversión.
En resumen, mis compañeras consiguen darle a la instrucción el barniz que le daría un buen profesional.

viernes, 4 de marzo de 2011

Bestiario y masonería

Cumpliendo con nuestros deberes de marineros, al día siguiente efectuamos nuestra primera salida del buque, tal como exigían los preceptos de la almirante Lope. Así que, a las 9:00 del martes, la timonel de los Santos y yo nos reunimos con Greta en el puente.
Se nos encomendaban labores de flete de animales, para lo cual acudiríamos al zoo de Barcelona donde, con la ayuda de los valientes de 3º de ESO, adquiriríamos ejemplares salvajes de especies africanas para hacer una entrega a la casa Hagenbeck de Hamburgo.
Fue de este modo que, pertrechados como auténticos exploradores, partimos en busca de las fieras.
Ya se sabe del tamaño despiste que ostentan los jovenzuelos bribones de 3º; sin embargo, cuando la timonel y yo nos percatamos de la desorientación de que hacían gala algunos de aquellos tigres, no pudimos por menos pensar que las habladurías se habían quedado cortas. A fe que alguno se hubiera perdido en los pasadizos del metro barcelonés si no hubiésemos tirado de su capucha en su debido momento.
La jornada consistía en una charla para la sensibilización de los jóvenes; se trataba de tocar el tema de las especies faunísticas en peligro de extinción, para lo cual, un bondadoso custodio de las bestias del zoo nos dio una amable charla que nos dejó patidifusos. Hubiese creído difícil mover los corazones de aquellos aguerridos tigres antes de llegar allí; no obstante, aquel buen mozo supo chincharnos, picotearnos y quebrantar las líneas de fuerza de nuestra ternura hasta hacernos partícipes de las barbaridades que pueden llegar a hacerse en la trata de animales, la caza furtiva, o la destrucción de hábitat.
El resto de la jornada discurrió fraternalmente, entre garras de leopardos, compungidos rostros de primates, y  el babilónico semblante de los rinocerontes. Aquellos pobres desdichados me dieron tanta pena que incluso me dio un asalto de angustia cuando hice cargar los contenedores con los siete tigres, las dos panteras negras y los cuatro paquidermos de La India. Pero las órdenes eran las órdenes.
Al día siguiente, el Sant Antoni levó anclas y pusimos proa hacia Gibraltar.
La mañana era despejada, la mar estaba buena, y tan sólo unos tenues rizos de espuma sobre la superficie osaban desfigurar la tersura de su espejo. Algunas gaviotas afónicas sobrevolaron las gavias y el trinquete mientras nos alejábamos del fondeadero.
Habíamos comenzado el día junto a nuestra valedora, la armera Turón. Era míercoles, diez de la mañana, y nos habíamos acercado a su gabinete para principiar la planificación de la que sería nuestra futura primera práctica: una sesión de identificación de hojas.
Más tarde, la acompañamos en su instrucción junto a los tigres de 1º de ESO C, donde dedicamos la hora a la corrección de controles. Durante aquella sesión tuve oportunidad de descubrir el método de los "palitos", o así lo llamo yo, para la corrección de preguntas. Debe de tratarse de un alfabeto rúnico, y su utilización procede de los arcanos; el caso es que aquella inventiva de signos de corrección me tenía estupefacto. Trataré de explicarme. Si la pregunta está bien, se pone un aspa a la que la armera llama "positivo"; el signo es similar a la cruz de la orden de caballeros del temple. En el caso de que contenga algún leve fallo, le quita uno de los brazos al "positivo", dejando una especie de "T" tumbada. Un fallo más, supondría la retirada de un bracito más, resultando una simple línea recta vertical. Pero aquí viene lo paradójico y esotérico, puesto que, en caso de tener que bajar aún más la nota, en lugar de quitar un bracito más al positivo, la armera traza un símbolo diagonal consistente en una rayita que forma 45º con la horizontal. Un símbolo masónico, ciertamente. Por último, la valoración mínima se significa mediante una rayita horizontal.
Sea como fuere, aquella variedad de cifrados y caracteres me dejó sin habla. Una razón más, sin duda, para admirar las dotes de nuestra mentora.
Todavía cavilaba sobre estas abstracciones cuando, a última hora, asistía en el aula magna a una de las ilustraciones del constructor, Xavi. No puede decirse que aquella fuese una sesión constructivista, en realidad, sino más bien una sesión al estilo clásico de transmisión, en la que las enzimas impulsaban su energía de activación entre las convenientes cuestiones de los tigres de bachiller, que sitiaban al ponente y le obligaban a utilizar certeros ejemplos como el de comparar la carga de la enzima con el metro en hora punta.
Nada más que señalar de la clase, como no fuera el desconsuelo que provocaba ver la pobre pizarra digital, desamparada en una esquina.
Terminé mi jornada acodado en la popa, observando cómo el casco del Speedy, un bergantín inglés que pocas horas antes se había puesto al pairo nuestro, se perdía en la lejanía.