La tercera semana de enero hubimos de permanecer en el fondeadero del puerto de Barcelona. Al parecer, se había producido el retraso de algunos enseres que debían llegarnos de la Provenza francesa y, por tanto, el Sant Antoni no levó un ancla que llevaba echada desde el día diecisiete.
Me entretuve los primeros compases de la semana junto a la armera Turón, que, sin dedicar el incidente a sus quehaceres personales, hacía una matemática sustitución de la contramaestre de 1º de ESO, junto a los tigrecitos que ya conocíamos.
Por lo que pude ver de aquella sesión, lo que logró la armera fue la construcción de una base de orientación cuya confección provenía de los comentarios de los jóvenes. De este modo, y sin utilizar la forma transmisiva, sino más bien la "pesca de ideas" con anzuelo y perseverancia, mi compañera la timonel y quedamos asombrados ante la confección efectuada por Elisenda, quien, como digo, acompañó a los tigres en sus razonamientos, pinchándoles, acicateándoles y logrando que ellos mismos fuesen los artífices del esquema final. Acto continuo, tanto mi compañera como yo, nos paseamos por el aula, iluminada por los bienhechores rayos de sol que entraban por los ojos de buey del casco, mientras ayudábamos a los grumetes a resolver problemas de suma y resta de fracciones; por último, se procedió a la corrección de ejercicios y la propuesta de algunos otros para casa. A fe que, gracias a aquella manera de trabajar, sólo los más testarudos y bravíos saldrían de la clase sin haber aprendido las operaciones propuestas. Y conste que algún malandrín de estos se dejaba caer por allí.
No tardamos en reencontrarnos con la armera Elisenda, puesto que a última hora tenía guardia nuevamente a estribor, en la tercera cubierta; de modo que mi compañera y yo recorrimos el puente hasta allí, bajo una tranquila arboladura que apenas susurraba un murmullo con el vaivén del velamen.
Aquella hora se dedicó a la corrección de un examen, o "control", como gustan de decir los tigrecitos para quitarle peso al trance. Elisenda, armada de su libreta de calificaciones, fue preguntando por lista a aquellos marineros que, bien por andar más atrasados, bien por haber bajado la guardia, más lo precisaban.
No se olvidó de hacer inciso en la que había sido a todas luces la, según sus palabras, "peor pregunta del examen", resultando que pocos días antes ella misma había incidido sobre la misma en clase dejando entrever que seguramente caería en el examen.
Digna de subrayar fue la desleal actuación de dos jóvenes grumetes, a quienes pude ver las garras y los colmillos, si puede decirse así. Una vez corregido el control, la armera pidió que se formaran los grupos para el trabajo en equipo. Esto sucedió de modo escandaloso, tomándose los muchachos unos diez minutos hasta que la clase volvió por su cauce natural. Pues bien, no bien hubo sido así, los dos tigres que se sentaban delante de mí comenzaron a hacer travesuras, molestando a las compañeras de al lado y envolviendo en sus fechorías a muchos otros compañeros. Fuerza es decir que el verdadero instigador era uno de ellos que, con más malicia y gran capacidad para enredar al otro, más cándido en el fondo, hacía que este bailara al son de sus ocurrencias, como una marioneta manejada por el prestidigitador.
Lo nefasto de la situación era que ellos procedían de esta manera a sabiendas de que yo les veía y, por decirlo así, lo hacían con premeditación. Cierto es que el trabajo en grupo no requiere del silencio y la concentración que exige una clase normal, sin embargo aquellos dos se pasaban de la raya.
Por todo proceder, yo me limitaba a ponerles caras de desaprobación cuando me miraban, lo cual no sirvió más que para perder el poco respeto que quizás les había inspirado antes.
Fue de esto modo que yo aprendiera que, cuando uno actúa debe hacerlo de modo contundente, y no echando una regañina a medias incapaz de atajar el incidente y que pone en tela de juicio la autoridad de uno mismo.
He de confesar que, siendo ya la segunda vez que aquel bribozuelo de grumete me ponía en evidencia y se burlaba de mi autoridad, pasé el resto de la semana sin cruzar la vista con él. Es probable que mi falta de efectividad obedeciera a dos posibles razones:
-Mi inexperiencia a la hora de dar órdenes y comandos.
-La confianza y relajación que se derivaba del hecho de que fuese mi mentora la responsable de la clase en tal momento, hecho que, por tanto, podía eximirme de ejercer a mí la autoridad.
Sea como fuere, la sensación no resultó agradable y creo que me resultará complicado volver a ganarme la confianza del joven. En todo caso, creo que he aprendido que, en caso de actuar, nunca debe hacerse a medias. Si se ataja una escaramuza marinera, no debe andarse con medias tintas.
¿Cómo trataré de solucionarlo, pues, si parece que sólo podría hablar con ese muchacho cuando no se porte bien?
Reflexionando mientras apuraba en mi catre las últimas gotas de mi botella de ron, deduje que la mejor manera de proceder sería acercándome a él precisamente cuando no estuviera haciendo nada malo, más aún, incluso cuando hiciese alguna cosa buena, para darle ánimos o preguntarle si tiene alguna duda. Si hiciera lo contrario -tratar de regañarle de nuevo- sé que no me haría ni caso.
Entre estos pensamientos perdí la consciencia y quedé dormido.
Me entretuve los primeros compases de la semana junto a la armera Turón, que, sin dedicar el incidente a sus quehaceres personales, hacía una matemática sustitución de la contramaestre de 1º de ESO, junto a los tigrecitos que ya conocíamos.
Por lo que pude ver de aquella sesión, lo que logró la armera fue la construcción de una base de orientación cuya confección provenía de los comentarios de los jóvenes. De este modo, y sin utilizar la forma transmisiva, sino más bien la "pesca de ideas" con anzuelo y perseverancia, mi compañera la timonel y quedamos asombrados ante la confección efectuada por Elisenda, quien, como digo, acompañó a los tigres en sus razonamientos, pinchándoles, acicateándoles y logrando que ellos mismos fuesen los artífices del esquema final. Acto continuo, tanto mi compañera como yo, nos paseamos por el aula, iluminada por los bienhechores rayos de sol que entraban por los ojos de buey del casco, mientras ayudábamos a los grumetes a resolver problemas de suma y resta de fracciones; por último, se procedió a la corrección de ejercicios y la propuesta de algunos otros para casa. A fe que, gracias a aquella manera de trabajar, sólo los más testarudos y bravíos saldrían de la clase sin haber aprendido las operaciones propuestas. Y conste que algún malandrín de estos se dejaba caer por allí.
No tardamos en reencontrarnos con la armera Elisenda, puesto que a última hora tenía guardia nuevamente a estribor, en la tercera cubierta; de modo que mi compañera y yo recorrimos el puente hasta allí, bajo una tranquila arboladura que apenas susurraba un murmullo con el vaivén del velamen.
Aquella hora se dedicó a la corrección de un examen, o "control", como gustan de decir los tigrecitos para quitarle peso al trance. Elisenda, armada de su libreta de calificaciones, fue preguntando por lista a aquellos marineros que, bien por andar más atrasados, bien por haber bajado la guardia, más lo precisaban.
No se olvidó de hacer inciso en la que había sido a todas luces la, según sus palabras, "peor pregunta del examen", resultando que pocos días antes ella misma había incidido sobre la misma en clase dejando entrever que seguramente caería en el examen.
Digna de subrayar fue la desleal actuación de dos jóvenes grumetes, a quienes pude ver las garras y los colmillos, si puede decirse así. Una vez corregido el control, la armera pidió que se formaran los grupos para el trabajo en equipo. Esto sucedió de modo escandaloso, tomándose los muchachos unos diez minutos hasta que la clase volvió por su cauce natural. Pues bien, no bien hubo sido así, los dos tigres que se sentaban delante de mí comenzaron a hacer travesuras, molestando a las compañeras de al lado y envolviendo en sus fechorías a muchos otros compañeros. Fuerza es decir que el verdadero instigador era uno de ellos que, con más malicia y gran capacidad para enredar al otro, más cándido en el fondo, hacía que este bailara al son de sus ocurrencias, como una marioneta manejada por el prestidigitador.
Lo nefasto de la situación era que ellos procedían de esta manera a sabiendas de que yo les veía y, por decirlo así, lo hacían con premeditación. Cierto es que el trabajo en grupo no requiere del silencio y la concentración que exige una clase normal, sin embargo aquellos dos se pasaban de la raya.
Por todo proceder, yo me limitaba a ponerles caras de desaprobación cuando me miraban, lo cual no sirvió más que para perder el poco respeto que quizás les había inspirado antes.
Fue de esto modo que yo aprendiera que, cuando uno actúa debe hacerlo de modo contundente, y no echando una regañina a medias incapaz de atajar el incidente y que pone en tela de juicio la autoridad de uno mismo.
He de confesar que, siendo ya la segunda vez que aquel bribozuelo de grumete me ponía en evidencia y se burlaba de mi autoridad, pasé el resto de la semana sin cruzar la vista con él. Es probable que mi falta de efectividad obedeciera a dos posibles razones:
-Mi inexperiencia a la hora de dar órdenes y comandos.
-La confianza y relajación que se derivaba del hecho de que fuese mi mentora la responsable de la clase en tal momento, hecho que, por tanto, podía eximirme de ejercer a mí la autoridad.
Sea como fuere, la sensación no resultó agradable y creo que me resultará complicado volver a ganarme la confianza del joven. En todo caso, creo que he aprendido que, en caso de actuar, nunca debe hacerse a medias. Si se ataja una escaramuza marinera, no debe andarse con medias tintas.
¿Cómo trataré de solucionarlo, pues, si parece que sólo podría hablar con ese muchacho cuando no se porte bien?
Reflexionando mientras apuraba en mi catre las últimas gotas de mi botella de ron, deduje que la mejor manera de proceder sería acercándome a él precisamente cuando no estuviera haciendo nada malo, más aún, incluso cuando hiciese alguna cosa buena, para darle ánimos o preguntarle si tiene alguna duda. Si hiciera lo contrario -tratar de regañarle de nuevo- sé que no me haría ni caso.
Entre estos pensamientos perdí la consciencia y quedé dormido.