viernes, 25 de febrero de 2011

Pérdida de autoridad

La tercera semana de enero hubimos de permanecer en el fondeadero del puerto de Barcelona. Al parecer, se había producido el retraso de algunos enseres que debían llegarnos de la Provenza francesa y, por tanto, el Sant Antoni no levó un ancla que llevaba echada desde el día diecisiete.
Me entretuve los primeros compases de la semana junto a la armera Turón, que, sin dedicar el incidente a sus quehaceres personales, hacía una matemática sustitución de la contramaestre de 1º de ESO, junto a los tigrecitos que ya conocíamos.
Por lo que pude ver de aquella sesión, lo que logró la armera fue la construcción de una base de orientación cuya confección provenía de los comentarios de los jóvenes. De este modo, y sin utilizar la forma transmisiva, sino más bien la "pesca de ideas" con anzuelo y perseverancia, mi compañera la timonel y quedamos asombrados ante la confección efectuada por Elisenda, quien, como digo, acompañó a los tigres en sus razonamientos, pinchándoles, acicateándoles y logrando que ellos mismos fuesen los artífices del esquema final. Acto continuo, tanto mi compañera como yo, nos paseamos por el aula, iluminada por los bienhechores rayos de sol que entraban por los ojos de buey del casco, mientras ayudábamos a los grumetes a resolver problemas de suma y resta de fracciones; por último, se procedió a la corrección de ejercicios y la propuesta de algunos otros para casa. A fe que, gracias a aquella manera de trabajar, sólo los más testarudos y bravíos saldrían de la clase sin haber aprendido las operaciones propuestas. Y conste que algún malandrín de estos se dejaba caer por allí.
No tardamos en reencontrarnos con la armera Elisenda, puesto que a última hora tenía guardia nuevamente a estribor, en la tercera cubierta; de modo que mi compañera y yo recorrimos el puente hasta allí, bajo una tranquila arboladura que apenas susurraba un murmullo con el vaivén del velamen.
Aquella hora se dedicó a la corrección de un examen, o "control", como gustan de decir los tigrecitos para quitarle peso al trance. Elisenda, armada de su libreta de calificaciones, fue preguntando por lista a aquellos marineros que, bien por andar más atrasados, bien por haber bajado la guardia, más lo precisaban.
No se olvidó de hacer inciso en la que había sido a todas luces la, según sus palabras, "peor pregunta del examen", resultando que pocos días antes ella misma había incidido sobre la misma en clase dejando entrever que seguramente caería en el examen.
Digna de subrayar fue la desleal actuación de dos jóvenes grumetes, a quienes pude ver las garras y los colmillos, si puede decirse así. Una vez corregido el control, la armera pidió que se formaran los grupos para el trabajo en equipo. Esto sucedió de modo escandaloso, tomándose los muchachos unos diez minutos hasta que la clase volvió por su cauce natural. Pues bien, no bien hubo sido así, los dos tigres que se sentaban delante de mí comenzaron a hacer travesuras, molestando a las compañeras de al lado y envolviendo en sus fechorías a muchos otros compañeros. Fuerza es decir que el verdadero instigador era uno de ellos que, con más malicia y gran capacidad para enredar al otro, más cándido en el fondo, hacía que este bailara al son de sus ocurrencias, como una marioneta manejada por el prestidigitador.
Lo nefasto de la situación era que ellos procedían de esta manera a sabiendas de que yo les veía y, por decirlo así, lo hacían con premeditación. Cierto es que el trabajo en grupo no requiere del silencio y la concentración que exige una clase normal, sin embargo aquellos dos se pasaban de la raya.
Por todo proceder, yo me limitaba a ponerles caras de desaprobación cuando me miraban, lo cual no sirvió más que para perder el poco respeto que quizás les había inspirado antes.
Fue de esto modo que yo aprendiera que, cuando uno actúa debe hacerlo de modo contundente, y no echando una regañina a medias incapaz de atajar el incidente y que pone en tela de juicio la autoridad de uno mismo.
He de confesar que, siendo ya la segunda vez que aquel bribozuelo de grumete me ponía en evidencia y se burlaba de mi autoridad, pasé el resto de la semana sin cruzar la vista con él. Es probable que mi falta de efectividad obedeciera a dos posibles razones:
-Mi inexperiencia a la hora de dar órdenes y comandos.
-La confianza y relajación que se derivaba del hecho de que fuese mi mentora la responsable de la clase en tal momento, hecho que, por tanto, podía eximirme de ejercer a mí la autoridad.
Sea como fuere, la sensación no resultó agradable y creo que me resultará complicado volver a ganarme la confianza del joven. En todo caso, creo que he aprendido que, en caso de actuar, nunca debe hacerse a medias. Si se ataja una escaramuza marinera, no debe andarse con medias tintas.
¿Cómo trataré de solucionarlo, pues, si parece que sólo podría hablar con ese muchacho cuando no se porte bien?
Reflexionando mientras apuraba en mi catre las últimas gotas de mi botella de ron, deduje que la mejor manera de proceder sería acercándome a él precisamente cuando no estuviera haciendo nada malo, más aún, incluso cuando hiciese alguna cosa buena, para darle ánimos o preguntarle si tiene alguna duda. Si hiciera lo contrario -tratar de regañarle de nuevo- sé que no me haría ni caso.
Entre estos pensamientos perdí la consciencia y quedé dormido.

domingo, 20 de febrero de 2011

Una proposición indecente

Tan pronto como Elisenda, o Roger, o Xavi me encontraron paseándome por el puente, me felicitaron por el blog que había escrito. Al parecer, alguno de los grumetes me había escamoteado el manuscrito en alguno de mis profundos sueños y, habiéndole agradado su lectura, no dudó en comunicar y aún mostrar a mis superiores las bonanzas que yo había redactado de todos ellos, a quienes verdaderamente tengo en alta estima.
No puedo decir que la anécdota no me sonrojara las mejillas, pero ¡qué diantres! A nadie amarga un dulce.
El martes lo pasamos inmersos entre curvas de nivel, escalas y formas de relieve. Al parecer, la armera Turón había detectado un error inadmisible en la orientación de los grumetes y, con el fin de que no volviesen a incurrir en la desorientación, había decidido darles una instrucción al respecto. Como siempre, quedé maravillado ante sus capacidades docentes, sus veinticinco ojos, sus ochenta oídos y su afinado olfato.
Más tarde, ya fuera del laboratorio, tornamos a reunirnos con ella en el aula de la tercera cubierta, donde acudimos a una lección extraordinaria acerca del ciclo geológico. Orogénesis, gliptogénesis, litogénesis... todas fueron palabras que desde entonces he incorporado a mi léxico. La sesión terminó con unos ejercicios para que los tigres terminaran cada uno en su camarote.
Fue el miércoles cuando finalmente Xavi, el constructor, nos pusiera al corriente de la parte concreta de nuestra unidad didáctica de bachiller. Tras una pequeña reunión mantenida con él, acordamos que nuestra futura intervención conllevaría 6 horas de trabajo y que, en ella, trataríamos los siguientes temas:
-Genotipo-fenotipo.
-Cromosomas-cariotipo.
-La parte mendeliana de la herencia.
-Bioética: enfermedades genéticas.
-Descripción celular: microscopio.
-Células especializadas: transporte, etc.
En el día del jueves, fiesta de San Hilario, volvimos para reforzar a la compañía de artilleros de 2º de ESO. Al igual que hiciera Elisenda en la sesión análoga del día anterior, el oficial Bernet construyó desde los cimientos el alfabeto del ciclo geológico, dejando que fuesen los bravos tigres quienes, a expensas de las indicaciones que él les hacía, conformasen el esquema que llenó la pizarra. Una instrucción espléndida que, como colofón, terminó con una buena sesión de directrices que pude admirar embelesado.
El día siguiente, viernes, amanecí con un sobresalto agridulce. No bien me hube plantado ante el despacho de Roger, fui informado por él de que debía abandonar momentáneamente al buque (al parecer algún asunto de chalupas y piratas...) y que, por consiguiente, me hacía responsable de su clase.
-Si no te ves capaz -me acicateó-, puedo avisar a cualquier otro profesor.
Por un momento sentí que la camisa no me llegaba al cuello, sin embargo no tardé en reaccionar y, tragando saliva, dije con solemnidad:
-No será necesario. Cumpliré lo mejor que pueda con mi deber.
Así que, sacando pecho, me acerqué hasta la clase con él y, después de decir a sus jóvenes muchachos que yo ostentaría el mando durante la siguiente hora, desapareció, dejándome al cargo. En el mismo instante apareció mi compañera la timonel, para socorrerme en tal embarazo.
Roger nos había dado instrucciones precisas sobre lo que debían hacer los denodados tigres en su ausencia; en primer lugar, debían proceder a la realización de un esquema siguiendo la pauta que les representaba el libro de texto. Una vez hecho eso, su misión consistiría en ejecutar los ejercicios de las páginas x, y, z.
Se comprenderá el asombro que algunos de ellos sentían cuando por sus nombres de pila les llamábamos la atención o les guiábamos en sus dudas y planteamientos. Aquel día me di cuenta de lo importante que era conocer el nombre de un grumete; se establece una relación de infinita complicidad, de mayor cooperación entre el docente y el alumno. Se dan cuenta de que eres una persona y de que les consideras alguien cercano, capaz de entenderles y interaccionar con ellos.
Detecté, no obstante, algunos fallos de mi actuación de ese día:
-Me di cuenta de que, probablemente, algunos de ellos no sabían todavía mi nombre, y tampoco hice nada por presentarme.
-Creo que, inicialmente, el nerviosismo me traicionó y la voz me tembló ligeramente.
-Cuando hablaba con el grupo, en los primeros minutos, no les miraba a la cara, sino que miraba al suelo todo el tiempo.
-Supongo que no supe atajarlos, o reaccionar, ante un grito que dieran o un fuerte murmullo que se escuchara.
-Desconocía los detalles de la tarea impuesta por Roger, y no podía responder a preguntas del tipo: "¿hay que copiar este dibujo?" o "¿se copia el enunciado de la actividad?".
-Me mantuve muy distante; sólo les hablé cuando cuando tenían alguna pregunta que hacerme o tenía que regañarles por algo.
-No supe "vencer" a dos o tres grupos de chicos/as que hablaban sin parar.
De todos modos, aunque cometí estos, y muchos otros errores, creo que acerté en algunas cosas:
-Tuve una buena disposición a afrontar una clase de forma improvisada.
-Utilicé en un par de ocasiones el lenguaje gestual (mandé callar con la mirada, caminé por la clase aparentando normalidad, etc.).
-Saberme varios nombres me fue muy bien.
-Al no tratarse de una lección complicada y ser de mi rama favorita, geología, sentía que controlaba la asignatura y me desenvolví a la hora de responder dudas técnicas.
-Conseguí el objetivo propuesto por Roger: la clase pasó sin ningún incidente de gravedad y los alumnos trajeron los ejercicios y el esquema hecho al día siguiente.
Ciertamente había sido una dura jornada, y sólo la buena sopa de que di cuenta en el comedor, al anochecer, pudo dar fe de lo cansado que me hallaba.

El segundo embarque

El tiempo transcurrió como una centella y, cuando menos quise darme cuenta, estaba de nuevo embarcado en el Sant Antoni.
Había pasado las fiestas de Natividad al abrigo del hogar materno, en mi tierra natal de León; sin embargo las nieves no se hicieron tan díscolas que pudieran retenerme en casa por mucho tiempo. En cuanto los pasos montañosos estuvieron transitables, no dudé en encaminarme de nuevo a la ciudad condal, donde deseaba ponerme de nuevo a las órdenes del oficial Bernet.
Sucedió esto el 10 de enero y, pasados un par de días, la sensación de haber abandonado el barco y haber vuelto a él se hizo muy efímera, como si jamás hubiese dejado de surcar el océano para hollar con mis pies la tierra.
No podía ser más agradable la vuelta, ni menos instructiva, pues al poco de haberme ajustado el uniforme de marinero, me requirieron en los laboratorios de la tercera cubierta, donde la valerosa gaviera de 3º de ESO, Rosa, me esperaba para una práctica de identificación de grupo sanguíneo.
Fue aquella la primera vez que me codeé con los audaces tigres de tercero, tunantes y temibles donde los haya, pero bravos marineros y generosos de corazón, con quienes intercambié algunas palabras de salutación.
Algunos sucesos acaecidos durante el día me hicieron sentir que ahora formaba una parte más sólida del buque. En primer lugar, tanto a mí como a mi compañera la timonel de los Santos, se nos otorgó libre acceso a la intranet del barco, así como la posibilidad de utilizar ordenadores y salas de profesores.
A parte de ello, también se nos hizo rápidamente partícipes de la concreta misión que deberíamos desempeñar en la futura fase de intervención autónoma, de modo que aquel mismo día conocimos las unidades didácticas que habríamos de preparar, tanto para 2ºde ESO como para 1º de bachiller.
2ºESO: Geodinámica interna. Placas tectónicas, volcanes y terremotos.
1ºBachiller: Genética (sin más detalles).
Como una pedrada que nos hiciera despertar caían todas aquellas obligaciones sobre nuestras relajadas conciencias, acaso demasiado acostumbradas a las relajadas vacaciones del turrón y el champagne. Tampoco tardó en ponernos al corriente la armera Elisenda Turón de los despachos enviados por Sìlvia desde el almirantazgo, en los que se nos defería el deber de ejecutar en las próximas semanas una práctica TIC, otra en la que trabajáramos el lenguaje, y alguna salida del buque con la pequeña tropa.
Como digo, todo aquello nos abrumaba, sin embargo nos vimos en la necesidad de apretar los puños y mostrarnos impertérritos. Habíamos venido a hacer nuestro trabajo, y, por tanto, lo ejecutaríamos sin vacilar.
Más tarde se llegó a consenso con Roger y pronto supimos que nuestra primera práctica sería de diferenciación de hojas en las plantas: simples compuestas, paralelinervias y qué sé yo...