Tan pronto como Elisenda, o Roger, o Xavi me encontraron paseándome por el puente, me felicitaron por el blog que había escrito. Al parecer, alguno de los grumetes me había escamoteado el manuscrito en alguno de mis profundos sueños y, habiéndole agradado su lectura, no dudó en comunicar y aún mostrar a mis superiores las bonanzas que yo había redactado de todos ellos, a quienes verdaderamente tengo en alta estima.
No puedo decir que la anécdota no me sonrojara las mejillas, pero ¡qué diantres! A nadie amarga un dulce.
El martes lo pasamos inmersos entre curvas de nivel, escalas y formas de relieve. Al parecer, la armera Turón había detectado un error inadmisible en la orientación de los grumetes y, con el fin de que no volviesen a incurrir en la desorientación, había decidido darles una instrucción al respecto. Como siempre, quedé maravillado ante sus capacidades docentes, sus veinticinco ojos, sus ochenta oídos y su afinado olfato.
Más tarde, ya fuera del laboratorio, tornamos a reunirnos con ella en el aula de la tercera cubierta, donde acudimos a una lección extraordinaria acerca del ciclo geológico. Orogénesis, gliptogénesis, litogénesis... todas fueron palabras que desde entonces he incorporado a mi léxico. La sesión terminó con unos ejercicios para que los tigres terminaran cada uno en su camarote.
Fue el miércoles cuando finalmente Xavi, el constructor, nos pusiera al corriente de la parte concreta de nuestra unidad didáctica de bachiller. Tras una pequeña reunión mantenida con él, acordamos que nuestra futura intervención conllevaría 6 horas de trabajo y que, en ella, trataríamos los siguientes temas:
-Genotipo-fenotipo.
-Cromosomas-cariotipo.
-La parte mendeliana de la herencia.
-Bioética: enfermedades genéticas.
-Descripción celular: microscopio.
-Células especializadas: transporte, etc.
En el día del jueves, fiesta de San Hilario, volvimos para reforzar a la compañía de artilleros de 2º de ESO. Al igual que hiciera Elisenda en la sesión análoga del día anterior, el oficial Bernet construyó desde los cimientos el alfabeto del ciclo geológico, dejando que fuesen los bravos tigres quienes, a expensas de las indicaciones que él les hacía, conformasen el esquema que llenó la pizarra. Una instrucción espléndida que, como colofón, terminó con una buena sesión de directrices que pude admirar embelesado.
El día siguiente, viernes, amanecí con un sobresalto agridulce. No bien me hube plantado ante el despacho de Roger, fui informado por él de que debía abandonar momentáneamente al buque (al parecer algún asunto de chalupas y piratas...) y que, por consiguiente, me hacía responsable de su clase.
-Si no te ves capaz -me acicateó-, puedo avisar a cualquier otro profesor.
Por un momento sentí que la camisa no me llegaba al cuello, sin embargo no tardé en reaccionar y, tragando saliva, dije con solemnidad:
-No será necesario. Cumpliré lo mejor que pueda con mi deber.
Así que, sacando pecho, me acerqué hasta la clase con él y, después de decir a sus jóvenes muchachos que yo ostentaría el mando durante la siguiente hora, desapareció, dejándome al cargo. En el mismo instante apareció mi compañera la timonel, para socorrerme en tal embarazo.
Roger nos había dado instrucciones precisas sobre lo que debían hacer los denodados tigres en su ausencia; en primer lugar, debían proceder a la realización de un esquema siguiendo la pauta que les representaba el libro de texto. Una vez hecho eso, su misión consistiría en ejecutar los ejercicios de las páginas x, y, z.
Se comprenderá el asombro que algunos de ellos sentían cuando por sus nombres de pila les llamábamos la atención o les guiábamos en sus dudas y planteamientos. Aquel día me di cuenta de lo importante que era conocer el nombre de un grumete; se establece una relación de infinita complicidad, de mayor cooperación entre el docente y el alumno. Se dan cuenta de que eres una persona y de que les consideras alguien cercano, capaz de entenderles y interaccionar con ellos.
Detecté, no obstante, algunos fallos de mi actuación de ese día:
-Me di cuenta de que, probablemente, algunos de ellos no sabían todavía mi nombre, y tampoco hice nada por presentarme.
-Creo que, inicialmente, el nerviosismo me traicionó y la voz me tembló ligeramente.
-Cuando hablaba con el grupo, en los primeros minutos, no les miraba a la cara, sino que miraba al suelo todo el tiempo.
-Supongo que no supe atajarlos, o reaccionar, ante un grito que dieran o un fuerte murmullo que se escuchara.
-Desconocía los detalles de la tarea impuesta por Roger, y no podía responder a preguntas del tipo: "¿hay que copiar este dibujo?" o "¿se copia el enunciado de la actividad?".
-Me mantuve muy distante; sólo les hablé cuando cuando tenían alguna pregunta que hacerme o tenía que regañarles por algo.
-No supe "vencer" a dos o tres grupos de chicos/as que hablaban sin parar.
De todos modos, aunque cometí estos, y muchos otros errores, creo que acerté en algunas cosas:
-Tuve una buena disposición a afrontar una clase de forma improvisada.
-Utilicé en un par de ocasiones el lenguaje gestual (mandé callar con la mirada, caminé por la clase aparentando normalidad, etc.).
-Saberme varios nombres me fue muy bien.
-Al no tratarse de una lección complicada y ser de mi rama favorita, geología, sentía que controlaba la asignatura y me desenvolví a la hora de responder dudas técnicas.
-Conseguí el objetivo propuesto por Roger: la clase pasó sin ningún incidente de gravedad y los alumnos trajeron los ejercicios y el esquema hecho al día siguiente.
Ciertamente había sido una dura jornada, y sólo la buena sopa de que di cuenta en el comedor, al anochecer, pudo dar fe de lo cansado que me hallaba.
No puedo decir que la anécdota no me sonrojara las mejillas, pero ¡qué diantres! A nadie amarga un dulce.
El martes lo pasamos inmersos entre curvas de nivel, escalas y formas de relieve. Al parecer, la armera Turón había detectado un error inadmisible en la orientación de los grumetes y, con el fin de que no volviesen a incurrir en la desorientación, había decidido darles una instrucción al respecto. Como siempre, quedé maravillado ante sus capacidades docentes, sus veinticinco ojos, sus ochenta oídos y su afinado olfato.
Más tarde, ya fuera del laboratorio, tornamos a reunirnos con ella en el aula de la tercera cubierta, donde acudimos a una lección extraordinaria acerca del ciclo geológico. Orogénesis, gliptogénesis, litogénesis... todas fueron palabras que desde entonces he incorporado a mi léxico. La sesión terminó con unos ejercicios para que los tigres terminaran cada uno en su camarote.
Fue el miércoles cuando finalmente Xavi, el constructor, nos pusiera al corriente de la parte concreta de nuestra unidad didáctica de bachiller. Tras una pequeña reunión mantenida con él, acordamos que nuestra futura intervención conllevaría 6 horas de trabajo y que, en ella, trataríamos los siguientes temas:
-Genotipo-fenotipo.
-Cromosomas-cariotipo.
-La parte mendeliana de la herencia.
-Bioética: enfermedades genéticas.
-Descripción celular: microscopio.
-Células especializadas: transporte, etc.
En el día del jueves, fiesta de San Hilario, volvimos para reforzar a la compañía de artilleros de 2º de ESO. Al igual que hiciera Elisenda en la sesión análoga del día anterior, el oficial Bernet construyó desde los cimientos el alfabeto del ciclo geológico, dejando que fuesen los bravos tigres quienes, a expensas de las indicaciones que él les hacía, conformasen el esquema que llenó la pizarra. Una instrucción espléndida que, como colofón, terminó con una buena sesión de directrices que pude admirar embelesado.
El día siguiente, viernes, amanecí con un sobresalto agridulce. No bien me hube plantado ante el despacho de Roger, fui informado por él de que debía abandonar momentáneamente al buque (al parecer algún asunto de chalupas y piratas...) y que, por consiguiente, me hacía responsable de su clase.
-Si no te ves capaz -me acicateó-, puedo avisar a cualquier otro profesor.
Por un momento sentí que la camisa no me llegaba al cuello, sin embargo no tardé en reaccionar y, tragando saliva, dije con solemnidad:
-No será necesario. Cumpliré lo mejor que pueda con mi deber.
Así que, sacando pecho, me acerqué hasta la clase con él y, después de decir a sus jóvenes muchachos que yo ostentaría el mando durante la siguiente hora, desapareció, dejándome al cargo. En el mismo instante apareció mi compañera la timonel, para socorrerme en tal embarazo.
Roger nos había dado instrucciones precisas sobre lo que debían hacer los denodados tigres en su ausencia; en primer lugar, debían proceder a la realización de un esquema siguiendo la pauta que les representaba el libro de texto. Una vez hecho eso, su misión consistiría en ejecutar los ejercicios de las páginas x, y, z.
Se comprenderá el asombro que algunos de ellos sentían cuando por sus nombres de pila les llamábamos la atención o les guiábamos en sus dudas y planteamientos. Aquel día me di cuenta de lo importante que era conocer el nombre de un grumete; se establece una relación de infinita complicidad, de mayor cooperación entre el docente y el alumno. Se dan cuenta de que eres una persona y de que les consideras alguien cercano, capaz de entenderles y interaccionar con ellos.
Detecté, no obstante, algunos fallos de mi actuación de ese día:
-Me di cuenta de que, probablemente, algunos de ellos no sabían todavía mi nombre, y tampoco hice nada por presentarme.
-Creo que, inicialmente, el nerviosismo me traicionó y la voz me tembló ligeramente.
-Cuando hablaba con el grupo, en los primeros minutos, no les miraba a la cara, sino que miraba al suelo todo el tiempo.
-Supongo que no supe atajarlos, o reaccionar, ante un grito que dieran o un fuerte murmullo que se escuchara.
-Desconocía los detalles de la tarea impuesta por Roger, y no podía responder a preguntas del tipo: "¿hay que copiar este dibujo?" o "¿se copia el enunciado de la actividad?".
-Me mantuve muy distante; sólo les hablé cuando cuando tenían alguna pregunta que hacerme o tenía que regañarles por algo.
-No supe "vencer" a dos o tres grupos de chicos/as que hablaban sin parar.
De todos modos, aunque cometí estos, y muchos otros errores, creo que acerté en algunas cosas:
-Tuve una buena disposición a afrontar una clase de forma improvisada.
-Utilicé en un par de ocasiones el lenguaje gestual (mandé callar con la mirada, caminé por la clase aparentando normalidad, etc.).
-Saberme varios nombres me fue muy bien.
-Al no tratarse de una lección complicada y ser de mi rama favorita, geología, sentía que controlaba la asignatura y me desenvolví a la hora de responder dudas técnicas.
-Conseguí el objetivo propuesto por Roger: la clase pasó sin ningún incidente de gravedad y los alumnos trajeron los ejercicios y el esquema hecho al día siguiente.
Ciertamente había sido una dura jornada, y sólo la buena sopa de que di cuenta en el comedor, al anochecer, pudo dar fe de lo cansado que me hallaba.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar¡¡Bien!!
ResponderEliminarMe alegro de poder volver a seguir vuestras aventuras marineras.
¡Buen análisis de tu intervención en solitario al frente de los grumetillos!
¿Como llevais la timonel y tu aquello de la actividad TIC, la práctica, el lenguaje y la clase de ciencias...?