La potencia marinera de nuestra nave hizo que pusiéramos millas de por medio, perdiendo, así, la estela persecutoria de los franceses.
-No tardarán en arribar refuerzos -había asegurado el capitán-. Los praos de los demás tigres de Sant Antoni nos esperan en puertos sicilianos. No debemos desesperar.
A las 9:00, cepillé mis botas y poco después me reuní con el oficial Bernet, en la cuarta cubierta. El grupo de 2º de ESO se enfrentaba a una nueva sesión práctica, que versaba sobre "suelos contaminados" y "pozos". Había sido una actividad enviada por algún organismo dependiente de la consejería de educación, si mal no recuerdo. Era un pack que contenía suficientes materiales como para hacer una práctica de siete sesiones. Realmente quedé maravillado por la capacidad que demostraba el oficial de derrota para la búsqueda de nuevos materiales de enseñanza.
-Ninguno ha hecho los deberes -protestó Roger-. ¿Cómo queréis que continuemos hoy, si no habéis trabajado nada? Muy bien, como vosotros queráis. Pero veo que tendremos que dejar de venir al laboratorio.
Aquello fue un golpe bajo. Los muchachos no podían aguantar la mirada del oficial, y muchos de ellos miraban hacia el suelo, avergonzados. Luego el oficial tomó la lista, y fue anotando quién había hecho y quién no había hecho las tareas.
-Tenía preparadas para hoy algunas actividades -continuó-, pero bueno, peor para vosotros. ¡Hala! Poneos a hacer lo que teníais que haber hecho en casa.
Más tarde, repasaron algunas unidades de medida, tales como los gramos, miligramos y microgramos. A la hora de corregir los ejercicios, explicó el porqué de haber obtenido resultados diferentes. Fue entonces cuando habló sobre los errores relativos y absolutos, los errores de manipulación, etc.
Finalizada la sesión, la timonel De los Santos y yo, bebimos una taza de achicoria.
No tardamos en volver a reunirnos con Astrud, la estibadora del aula de acogida, quien pretendía relatarnos en profundidad en qué consistían sus faenas.
El Aula de acogida había nacido por necesidad, ante la ramificación familiar masiva y el incremento de la inmigración, años atrás. "Madres a distancia", o "padres a distancia", fueron términos que se habían generalizado en los últimos diez años. Así como ellas solían provenir de sur y centroamérica, ellos, sin embargo, provenían de regiones orientales, como la India o Bangladesh. Uno de los fines que pretendía alcanzar el aula de acogida era el de evitar los errores cometidos en Alemania y Francia, donde la masiva inmigración había desembocado en la creación de guetos.
En sus orígenes, el aula se ubicaba fuera de la escuela. Recibía a grumetes desde los cuatro años. La mayoría de niños venían a través del "consorci", y no es que escogieran voluntariamente esta escuela (de pago), sino que eran asignados a una u otra sin poder elegir. Algunos padres se sorprendían al llegar y ver que había que pagar por enrolar a sus muchachos en el Sant Antoni.
Muchos otros jóvenes, llegaban en el momento crítico de la adolescencia, habiendo renunciado a su cultura originaria, o a su abuela, que en muchos casos era la persona que les había criado desde que nacieron, encontrándose de golpe en una sociedad que no entendían, inmersos en un idioma que desconocían, y bajo la tutela de una madre o un padre al que habían visto en contadas ocasiones... se encontraban con unos hermanos desconocidos.
El objetivo principal del aula no era otro que la adaptación de los jóvenes al entorno, y el entendimiento de la cultura y la manera de vivir.
La estibadora nos aseguró que, para muchos de estos jóvenes, el ritmo de vida occidental es frenético: puntualidad, asignaturas, materiales... circunstancias a la que muchos jóvenes, por provenir de otras culturas, no estaban ni siquiera acostumbrados. La función del aula era un poco la de frenar este frenesí, inyectárselo a los bravos tigres en pequeñas dosis.
El primer paso a la hora de recibir a un nuevo grumete, es el de someterle a una serie de pruebas a nivel de conocimientos en su propia lengua. Dentro de estas pruebas, destacan las de cálculo (matemáticas), comentario y comprensión de textos, idiomas extranjeros (inglés...), etc. En algunos casos la prueba consiste simplemente en averiguar si el joven está o no alfabetizado.
Una vez hecho esto, se procede a la búsqueda de una clase o un grupo que pueda ser susceptible de recibir en mejores condiciones al muchacho. Los primeros días asiste a las clases y las alterna con un par de horas diarias de aula de acogida. Dependiendo de su evolución se la incrementa el número de horas en una u otra clase. También se le ponen tareas desde el aula de acogida para que las horas que pasa en la clase normal pueda ir trabajando algunos temas (ya que allí no entienden nada).
Los dos primeros trimestres no se les ponen notas. Se valoran únicamente la actitud, los hábitos y el nivel de adaptación. A cada uno de ellos se le aplica un plan individualizado, aunque normalmente lo más difícil siempre es la integración. En general existe mucho protocolo y burocracia cada vez que llega un nuevo alumno.
Tras la finalización de esta sesión de aula de acogida, me enteré de que estábamos a pocas leguas de Mesina, en Sicilia. El fin de mi travesía se acercaba, y un extraño nudo en el estómago me decía que abandonar el Sant Antoni me infligiría una pena mayor de lo que al principio hubiera supuesto.
Pero antes de mi desembarco, debía reencontrarme una última vez con las levas de 2º de bachiller.
Volvíamos del recreo. Xavi apoyaba su pie en la amura de proa, contemplando cómo la tierra de Sicilia se venía hacia nosotros.
-Vamos -nos dijo. Al laboratorio de química.
Le seguimos sin apenas preguntar. De alguna manera mi corazón se venía anegado de nostalgia al percibir que mis últimas horas a bordo comenzaban a evaporarse.
Ideas previas sobre glúcidos. Después, pidiendo la colaboración de sus valerosos tigres, fueron llenando la pizarra con monosacáridos, oloigosacáridos, polisacáridos... El bravo constructor fue arrojando sus inquisiciones, igual que saetas que mordieran el raciocinio de los jóvenes, preguntando aquí y allá, para llenar la pizarra de grupos alcohol y carbonilo.
Después de haber dejado el encerado bien denso, ayudó a que, entre todos, hicieran una clasificación de todos aquellos glúcidos, según los criterios que previamente había establecido.
Borrón y cuenta nueva. Escribió nuevos casos, y preguntó por alguien que se atreviera a resolverlos.
Esta sesión me sirvió para recordar algunos conocimientos que tenía en la zona más oscura del pensamiento, como por ejemplo la manera de numerar las moléculas de carbono, lo que es un carbono asimétrico, etc.
Y así fue como, entre cetopentosas y aldotetrosas, terminó mi estancia en el buque. Dirigí mis pasos hacia el camarote, hice mi petate y salí de la habitación, permaneciendo unos segundos en el umbral de la puerta.
Aquel lugar se había colado bajo mi piel, aquellas crujientes maderas del Sant Antoni, habían hecho mella en mis abismos corporales.
Suerte que pude sonreír, pensando que a aquellos aposentos no les decía adiós, sino hasta luego. Suerte que pude callar, pues sabía que, no tardando mucho, sería ascendido y podría convertirme en uno de aquellos bravos tigres, que se dejan la piel cada día en el barrio de Sant Antoni.
H.D.Emperador
sábado, 11 de diciembre de 2010
La flota de Francia
El Sant Antoni se detuvo frente a una flotilla de franceses. Al parecer el capitán tenía la necesidad de parlamentar con el almirante de aquella escuadra, así que ordenó que pusieran la nave al pairo junto al bergantín que parecía el buque insignia. Como no había suficientes brazos, ayudé a mis compañeros a desmontar los botalones de la amura de estribor, con el fin de aproximar los barcos. En cuanto la operación hubo terminado, fui echado con cajas destempladas. Así que torné a mi trabajo.
Reunido con veintiocho intrépidos de 2º de bachiller en el aula magna, mi primera sesión del día tenía trazas de similitud con la clase del día anterior. Se trataba de corregir y comentar un examen realizado en el día anterior.
Es por esto que no entraré en detalle, limitándome a recordar los puntos sobre los que Xavi, el constructor, incidió ante sus bravos tigres:
-Si la prueba les había parecido más o menos fácil de lo que esperaban.
-Si alguna pregunta les había parecido más o menos complicada.
-Etc.
Xavi se valió de un proyector para mostrarles nuevamente el examen. A medida que corregían peguntas, él les acicateaba, les pinchaba, sacaba el jugo de unos bravos marineros que había exprimido sus cabezas hasta límites insospechados los últimos tres días. Otra cosa curiosa fue la manera cómo escribía en la pizarra sobre la imagen proyectada por el aparato. Creo que lo llamó irónicamente "pizarra híbrida".
-Por cierto -dijo también-. La pregunta del ciclo haplo-diploide no cuenta. Tenéis todos un cero.
Protestas generales.
-¡No, no, no! -les acalló-. Dejaos de protestas. ¿Qué os pensabais? No podéis pretender que una pregunta que está escrita en la pizarra cuente para la nota. Para otra vez le decís a la profesora que os cuida que borre la pizarra antes de empezar el examen.
Creo que la decisión fue implacable, pero supongo que los muchachos aprendieron la lección.
Se centraron luego en cuestiones sobre órganos homólogos y órganos análogos. El constructor les dijo que precisamente aquella cuestión había sido impugnada unos años antes en la selectividad.
En ese momento, Roger Bernet, oficial de derrota, irrumpió en el aula magna para informarnos de que la flotilla estaba preparando sus cañones.
-¡Tigres! -gritó el constructor-. ¡Todos a sus puestos!... ¡Recoged las vergas, cazad el foque en el palo mayor! Rápido, avisa al contramaestre para que guiñe el timón...
La tripulación fue presa de un gran revuelo. Al parecer el parlamento no había tenido éxito, o los franceses habían exigido algo que los tigres de Sant Antoni no estaban dispuestos a conceder.
Presa de gran agitación, me presenté en el puente. Lo que vi a continuación me heló la sangre en las venas.
El capitán, con el almirante de la flota enemiga asido por el cuello, retrocedía hacia nuestro barco con no menos de ciento veinte fusiles apuntándole al pecho. Protegido con el cuerpo del almirante a modo de escudo, nuestro capitán sujetaba fuertemente al enemigo y lo reducía amenazándole con un puñal en su garganta. Los franceses, incapaces de efectuar movimiento en aquella comprometida situación, se limitaron a escuchar las palabras de nuestro capitán:
-¡No pretendo hacerle daño! -gritó-. ¡Sólo deseamos salir de aquí!... ¡Dejadnos partir y os prometo que liberaremos a vuestro almirante en la isla de Elba!
-¡No le hagáis caso! -gritó el almirante-. ¡Disparad!
Aquel grito sonó tan poco convincente que ninguno de sus hombres osó apretar el gatillo. Fue de este modo que contemplasen cómo nuestro capitán se llevaba al almirante y daba las oportunas órdenes para poner proa hacia el noroeste.
-¡No nos sigáis hasta dentro de seis horas! -volvió a gritar, ante la atónita mirada de los franceses que no podían hacer nada-. Partid, pues, cuando se haya vencido ese tiempo, y podréis recoger sano y salvo a vuestro capitán...
Y así fue como ocurriría. Desde la borda vimos cómo la flota permanecía inmóvil hasta que, tres o cuatro horas después, desapareció en la lejanía.
Mantuvimos una reunión con el oficial Bernet, que quiso que quitásemos peso a lo sucedido.
-Aquí tenéis los horarios de la semana pasada, y de lo que queda de esta -nos dijo-. Voy a hablaros ahora de las Escolas Pías del mundo.
Mientras mis palpitaciones aflojaban y mi pulso se relajaba, el oficial nos fue relatando algunos factores organizacionales de las escuelas.
Resultaba que las de Cataluña y el País Vasco eran menos conservadoras que las del resto de España. En Cataluña existían 19 escuelas pías, regidas por una secretaría general, que vela por la búsqueda de un estilo docente común. Pendientes de la secretaría, cuelgan el "servicio solidario" y la "escuela solidaria", ambas organizaciones de apoyo a la propia infraestructura de las escuelas.
La asamblea de elección se celebra cada cuatro años. Existen dos políticas primordiales por escuela: la mediación, y la atención a la diversidad. Asimismo, cada cuatro años se redacta un manual de "estilo metodológico", que podría considerarse como la "biblia" de las escolas pías durante cuatro años.
Eché un vistazo a ese manual. Pude entender que en él priman la cualidad frente a la cantidad; la secuencia formativa aboga por la evaluación continua; el trabajo en equipo es potenciado no sólo entre alumnos, sino entre profesores, etc., de modo que los valores de la escuela se transmiten de unas personas a otras, se propagan como la carcoma en la madera de las naves.
Gracias a estas guías, la escuela se plantea "cómo quiere que sea un alumno que pasa por ella", "cómo quiere la escuela que sea el perfil de un profesor", o "cómo quiere la escuela que sea la mismísima escuela". Para eso son las guías de estilo metodológico.
¿Qué caracteriza, concretamente, al Sant Antoni, frente a los demás buques de la flota antoniana?
1) Tutorías: relación estrecha con los alumnos.
2) Trabajar en equipo, efectuando muchas reuniones.
3) La atención a la diversidad.
4) El diálogo, la mediación, la habilidad social.
5) Una tripulación participativa.
6) Una apertura a diferentes culturas, diferentes razas, etc.
7) El fomento de la cultura y la lengua catalanas.
8) El fomento de la fe cristiana.
No sé cómo terminó aquella reunión, sin embargo recuerdo que, poco después, el vigía de la cofa del trinquete gritó que había avistado tierra.
Para cuando abandonamos al almirante francés en la isla de Elba, mi compañera la timonel De los Santos y yo, ya nos hallábamos en el laboratorio de química, junto a Elisabeth y otros 13 intrépidos tigres de la ESO.
Ningún otro incidente vino a turbar la tranquilidad del día, como no fuera la sensación constante de que la flota entera de Francia habría puesto, seguramente, precio a nuestra cabeza.
Reunido con veintiocho intrépidos de 2º de bachiller en el aula magna, mi primera sesión del día tenía trazas de similitud con la clase del día anterior. Se trataba de corregir y comentar un examen realizado en el día anterior.
Es por esto que no entraré en detalle, limitándome a recordar los puntos sobre los que Xavi, el constructor, incidió ante sus bravos tigres:
-Si la prueba les había parecido más o menos fácil de lo que esperaban.
-Si alguna pregunta les había parecido más o menos complicada.
-Etc.
Xavi se valió de un proyector para mostrarles nuevamente el examen. A medida que corregían peguntas, él les acicateaba, les pinchaba, sacaba el jugo de unos bravos marineros que había exprimido sus cabezas hasta límites insospechados los últimos tres días. Otra cosa curiosa fue la manera cómo escribía en la pizarra sobre la imagen proyectada por el aparato. Creo que lo llamó irónicamente "pizarra híbrida".
-Por cierto -dijo también-. La pregunta del ciclo haplo-diploide no cuenta. Tenéis todos un cero.
Protestas generales.
-¡No, no, no! -les acalló-. Dejaos de protestas. ¿Qué os pensabais? No podéis pretender que una pregunta que está escrita en la pizarra cuente para la nota. Para otra vez le decís a la profesora que os cuida que borre la pizarra antes de empezar el examen.
Creo que la decisión fue implacable, pero supongo que los muchachos aprendieron la lección.
Se centraron luego en cuestiones sobre órganos homólogos y órganos análogos. El constructor les dijo que precisamente aquella cuestión había sido impugnada unos años antes en la selectividad.
En ese momento, Roger Bernet, oficial de derrota, irrumpió en el aula magna para informarnos de que la flotilla estaba preparando sus cañones.
-¡Tigres! -gritó el constructor-. ¡Todos a sus puestos!... ¡Recoged las vergas, cazad el foque en el palo mayor! Rápido, avisa al contramaestre para que guiñe el timón...
La tripulación fue presa de un gran revuelo. Al parecer el parlamento no había tenido éxito, o los franceses habían exigido algo que los tigres de Sant Antoni no estaban dispuestos a conceder.
Presa de gran agitación, me presenté en el puente. Lo que vi a continuación me heló la sangre en las venas.
El capitán, con el almirante de la flota enemiga asido por el cuello, retrocedía hacia nuestro barco con no menos de ciento veinte fusiles apuntándole al pecho. Protegido con el cuerpo del almirante a modo de escudo, nuestro capitán sujetaba fuertemente al enemigo y lo reducía amenazándole con un puñal en su garganta. Los franceses, incapaces de efectuar movimiento en aquella comprometida situación, se limitaron a escuchar las palabras de nuestro capitán:
-¡No pretendo hacerle daño! -gritó-. ¡Sólo deseamos salir de aquí!... ¡Dejadnos partir y os prometo que liberaremos a vuestro almirante en la isla de Elba!
-¡No le hagáis caso! -gritó el almirante-. ¡Disparad!
Aquel grito sonó tan poco convincente que ninguno de sus hombres osó apretar el gatillo. Fue de este modo que contemplasen cómo nuestro capitán se llevaba al almirante y daba las oportunas órdenes para poner proa hacia el noroeste.
-¡No nos sigáis hasta dentro de seis horas! -volvió a gritar, ante la atónita mirada de los franceses que no podían hacer nada-. Partid, pues, cuando se haya vencido ese tiempo, y podréis recoger sano y salvo a vuestro capitán...
Y así fue como ocurriría. Desde la borda vimos cómo la flota permanecía inmóvil hasta que, tres o cuatro horas después, desapareció en la lejanía.
Mantuvimos una reunión con el oficial Bernet, que quiso que quitásemos peso a lo sucedido.
-Aquí tenéis los horarios de la semana pasada, y de lo que queda de esta -nos dijo-. Voy a hablaros ahora de las Escolas Pías del mundo.
Mientras mis palpitaciones aflojaban y mi pulso se relajaba, el oficial nos fue relatando algunos factores organizacionales de las escuelas.
Resultaba que las de Cataluña y el País Vasco eran menos conservadoras que las del resto de España. En Cataluña existían 19 escuelas pías, regidas por una secretaría general, que vela por la búsqueda de un estilo docente común. Pendientes de la secretaría, cuelgan el "servicio solidario" y la "escuela solidaria", ambas organizaciones de apoyo a la propia infraestructura de las escuelas.
La asamblea de elección se celebra cada cuatro años. Existen dos políticas primordiales por escuela: la mediación, y la atención a la diversidad. Asimismo, cada cuatro años se redacta un manual de "estilo metodológico", que podría considerarse como la "biblia" de las escolas pías durante cuatro años.
Eché un vistazo a ese manual. Pude entender que en él priman la cualidad frente a la cantidad; la secuencia formativa aboga por la evaluación continua; el trabajo en equipo es potenciado no sólo entre alumnos, sino entre profesores, etc., de modo que los valores de la escuela se transmiten de unas personas a otras, se propagan como la carcoma en la madera de las naves.
Gracias a estas guías, la escuela se plantea "cómo quiere que sea un alumno que pasa por ella", "cómo quiere la escuela que sea el perfil de un profesor", o "cómo quiere la escuela que sea la mismísima escuela". Para eso son las guías de estilo metodológico.
¿Qué caracteriza, concretamente, al Sant Antoni, frente a los demás buques de la flota antoniana?
1) Tutorías: relación estrecha con los alumnos.
2) Trabajar en equipo, efectuando muchas reuniones.
3) La atención a la diversidad.
4) El diálogo, la mediación, la habilidad social.
5) Una tripulación participativa.
6) Una apertura a diferentes culturas, diferentes razas, etc.
7) El fomento de la cultura y la lengua catalanas.
8) El fomento de la fe cristiana.
No sé cómo terminó aquella reunión, sin embargo recuerdo que, poco después, el vigía de la cofa del trinquete gritó que había avistado tierra.
Para cuando abandonamos al almirante francés en la isla de Elba, mi compañera la timonel De los Santos y yo, ya nos hallábamos en el laboratorio de química, junto a Elisabeth y otros 13 intrépidos tigres de la ESO.
Ningún otro incidente vino a turbar la tranquilidad del día, como no fuera la sensación constante de que la flota entera de Francia habría puesto, seguramente, precio a nuestra cabeza.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Fiebres del Singapur
Hediendo a mil pestes bubónicas, abandonamos la pensión que nos había acogido en Génova. Nunca fueron tan olímpicamente despilfarrados ocho maravedíes en mi corta vida como corsario.
El fin de semana había sido productivo: habíamos hecho los trueques convenientes, e incluso habíamos tenido tiempo de reflexionar acerca de todo lo aprendido la primera semana a bordo del Sant Antoni.
Sin embargo, puede que la hidromiel de la posada, o bien el vino peleón, si no habían sido los chinches del jergón, que daban saltos como verdaderos demonios, mi cabeza zumbaba y mis oídos estaban sordos. Apenas me tenía en pie.
Nos acercamos a la chalupa que nos había acercado a tierra. Las despedidas entre lobos de mar suelen ser poco afectuosas: bastan unos rudos manotazos en los hombros y unos cuantos parabienes. Así fue nuestra despedida con la velera de Trincheria y la guardiamarina Zapater: seca, escueta, desnuda de toda ternura.
¿Volveríamos a vernos? Eso era seguro. El almirantazgo había dejado constancia de que ellas deberían volver a enrolarse en el año entrante. Reencontrémonos, pues, en un futuro no muy lejano.
Ya en el puente, la armera Elisenda apremió a mi compañera De los Santos y a mí para acudir a matemáticas. Al pasar por el camarote del oficial Bernet, pudimos ver que otros marineros habían sido embarcados. "Estudiantes en prácticas provenientes de otras universidades", pensé. Y seguramente no me engañaba.
Fuerza es reconocer que me llenó de ilusión tornar a ver a los valerosos tigres de 2º de ESO. Algunas caras me reconocieron cuando invadí el aula, y creo que no sería imprudente afirmar que pude ver algunas sonrisas de afecto.
La armera les había planteado un problema de cálculo. Me di cuenta de que habían juntado a medio sector del B, con media clase del C. Se trataba de solucionar algunas cuentas simples de cálculo básico. Planteado el problema en la pizarra, y dado el tiempo pertinente para que los audaces jóvenes lo asaetearan con su ingenio, la armera indicó a una brava marinera que saliera a terminar de resolverlo.
Más tarde, otra joven resolvió otro problema y así sucedió con otros dos o tres tigres, a cual más peripuesto y prudente.
Me di cuenta de que, cuando se han aprendido las complejas técnicas marineras llamadas "ecuaciones", resolver algunos problemas matemáticos prescindiendo de ellas resulta prácticamente un intangible. A mi compañera, la timonel Anna De Los Santos, y a mí, nos costó abstraernos de las ecuaciones y los sistemas de ecuaciones para resolver un par de problemas. Suerte que estaba allí Eslisenda, de otro modo podríamos haber vivido un trance de difícil resolución.
Pero como digo, la armera Elisenda estaba allí para dar sus estocadas magistrales. Siempre en su lugar, resuelta y firme en sus quehaceres, supo llevar a los marineros adonde ella se lo propuso. Me doy cuenta de todo el trabajo de planificación que conlleva eso.
La clase volvió a transformarse en un campo de prácticas: los alumnos resolvían ejercicios, y nosotros, como podíamos (y acicateados por la armera), pasábamos por las mesas tratando de dar nuestro apoyo logístico.
Deberes para casa, suena la campana, y fin de la clase.
Casi mendigaba un trozo de papel para sonarme las narices, cuando llegamos al aula de acogida. Por suerte allí me proporcionaron un paquete, aunque aquel gesto no serviría para mantenerme en cubierta todo el día.
Quien me había proporcionado tal remedio, no era otra que la estibadora Astrud, responsable del aula de acogida y leal servidora del Sant Antoni.
En el camarote estaba ella, y otros cinco grumetes venidos de los médanos de Filipinas, las dunas del Indo pakistaní y los meandros del Río Amarillo. Aquellos jóvenes apenas conocían nuestra lengua, y sin embargo en sus rostros se percibía la bravura de los más temibles lobos de mar. Ayudados de unos rudimentarios ordenadores, los tigres venidos de los cuatro confines de la Tierra trataban de elaborar unas recetas de cocina, aprendiendo las palabras básicas de los ingredientes, o los verbos básicos del catalán o el español, efectuando esfuerzos estratosféricos. La estibadora Astrud estaba con ellos, y no se separaba ni un segundo de su aprendizaje. Dos de ellos habían ingresado hacía ya tres semanas, y ya captaban las extrañas lenguas que de nuestras bocas salían. Los recién llegados, sin embargo, venidos de los médanos pakistaníes, se hacían valer de las lenguas sajonas para comunicarse con nosotros. Tímidos unos, algo más desfachatados los otros, pero en cualquier caso despiertos, inquietos, con ganas de aprender y no dejarse vencer por las dificultades idiomáticas... Ciertamente nos dieron una lección acerca del esfuerzo personal, el espíritu de lucha, y la capacidad de adaptación.
¿Seríamos capaces nosotros de enrolarnos en un prao chino, a las órdenes de una triuplación desconocida, y sin entender el idioma, y mostrar si quiera una sonrisa, como aquellos intrépidos jóvenes mostraban cuando vencían las dificultades y conectaban el internacional lenguaje de los signos con nosotros? Mucho tenemos que aprender aún de ellos... Espero volver a tener ocasión de saludarles.
¿Y qué decir de Astrud, quien, si cabe, podría considerarse aún cien veces más perseverante que sus amados tigrecitos? Qué mejor ejemplo que cuando aparecían las dificultades del idioma, a las que ella jamás daba tregua ni abandonaba por imposibles. Mil veces lo intentaba, mil veces chocaba su cabeza contra las agudas rocas de la dificultad, y sin embargo retrocedía, como los sabios decápodos, e intentaba traducir a otro idioma quizás inventado por ella, hasta hacerse entender con insistencia implacable.
Recuerdo con dificultad el resto de la jornada. Estaba fuertemente constipado y no dejaba de sonarme la nariz. Lo único que puedo decir es que aquel día me dieron la sopa en la cama. Alguien se encargó de desabrocharme la camisa y darme unas friegas en el pecho con algún ungüento que olía a hierbas de Ceilán.
Me despertaron unos golpes en la escalerilla del corredor de estribor. Era mi oficial de derrota, que venía a ver cómo me encontraba.
-Mucho mejor, mi señor -le contesté-. Dispuesto a serviros.
Era miércoles.
Había pasado dos días delirando, padeciendo las fiebres del Singapur, contraídas hace un par de años. El médico de abordo me dijo que era una pequeña recaída sin importancia.
Oí un grito desde la cofa de la mesana: poníamos rumbo a Sicilia.
Desayuné algo ligero y fui convocado rápidamente en la cuarta cubierta. Las levas de 1ºESO C, ya estaban prestas para una nueva sesión de claves dicotómicas.
Elisenda nos esperaba con la misma alegría de siempre.
-¿Ya estás mejor?
-Sí -contesté. Aunque en verdad no oía muy bien porque aún tenía algo de congestión en el oído.
Recuerdo que aquella sesión fue similar a las otras de claves dicotómicas. La armera comenzó dando un pequeño repaso al examen que habían tenido el día anterior, martes. Se trataba de un examen de conceptos. Después de este pequeño repaso, los jóvenes tigres fueron colocados por grupos, manteniendo los mismos que en la clase anterior. En cuanto Elisenda dio la orden, se produjo un revuelo de mesas y sillas, un atronamiento como venido del averno, mientras que los bravos marineros disponían la artillería a su antojo. Una vez se hubieron ubicado en su nueva posición, la armera Elisenda disparó una salva que daba inicio a la actividad.
En primer lugar debían comparar unas claves con otras, de tal modo que cada alumno corroborase que la suya era correcta.
-Carol -dijo la armera, dirigiéndose a una brava grumetilla-. ¿Comiendo chicle? A la basura.
Dicho y hecho. El gesto y la interrupción fueron tan livianos, que para cuando Carol había lanzado el chicle y había vuelto a sentarse en la mesa, la nave apenas había avanzado medio nudo. Orden magistral, directa, concisa, que obedece a un pacto de la marinería que los tigres ya conocen: no comer chicle en clase. La orden se cumple ineludiblemente y sin rechistar.
Pasaron un buen rato haciendo ejercicios de claves dicotómicas, esta vez con unos folios que mostraban claves para separar tornillos y tuercas.
Mientras me paseaba por las mesas, una de aquellas grumetes me preguntó algo.
-Maese Héctor, ¿qué es peor, que te mientan, o que no te digan algo?
La pregunta me cogió por sorpresa. Al parecer ella mantenía un acalorado debate con su compañero de grupo acerca de alguna información de talante confidencial.
-Es peor que te mientan -aseveré. Pero pronto traté de reconducirles a la actividad-. ¿Cómo va ese ejercicio?
Me sentía incómodo porque seguía cayéndoseme el moquillo y la cabeza me daba vueltas. Sin embargo, aquel día me propuse aguantar como un auténtico bucanero de las Antillas.
La clase discurrió sin más novedad que otra curiosa marinera que me preguntaba acerca del tiempo que me llevaba peinarme. No le di mucha importancia, y, nuevamente, traté de que se concentrara en la tarea.
Finalizada la clase, recibí la grata sorpresa de que (por fin) visitaríamos la quinta cubierta: Bachiller.
Al atravesar el puente, vi al contramaestre hablando con el segundo oficial, que enfocaba su catalejo en dirección a levante. Al parecer habían avistado una nave corsa, con el pabellón izado, a estribor por avante. El segundo de abordo me comentó que no tenían especial aversión a los corsos, si bien dieron parte al capitán por si acaso y tomaron nota en el cuaderno de vitácora.
La reunión con bachiller tuvo lugar en otro de los laboratorios, seguramente de biología, pues tenía posters de animales colgados de las paredes y microscopios en las estanterías.
Los alumnos de bachiller llevaban tres días de exámenes y acababan de subir del recreo. Aquellas catorce o quince caras largas no mostraban ningún signo de apetencia, ninguna gana de entrar en clase. Prueba de ello fue que anduvieran jugando con una araña que se descolgaba del techo o cantaran alguna melodía que me sonaba a la coral de Brandenburgo. Creo que Greta Bayó, la piloto, debió de percatarse de este estado de exaltación, puesto que dedicó la primera media hora de la sesión a enseñarles algunas técnicas chamanes de relajación, mediante la fuerza cósmica y la conexión de las yemas de los dedos con las líneas de energía del universo. Algunos se mostraban más escépticos, sin embargo las chicas se lo tomaban bastante en serio. Si no hubiera conocido los precedentes, creo que me habría sido imposible no pensar que la asignatura de Ciencias de la Tierra (que yo desconocía hasta ese día) versaba sobre chacras y brujerías brasileñas; y que la piloto no era otra que una de aquellas chamanes que practican vudú con los indios caribes. Pero pronto entendí que no era así.
De poco le sirvió la media sesión relajatoria. La segunda mitad de la clase trató de dar un repaso a todo lo que tratarían en el segundo trimestre. Había mucho murmullo entre las filas marineras. Ella se pasaba el rato gritando, casi inconscientemente. Realmente parecían más de catorce alumnos: tal era la barahúnda que montaban.
Me percaté de que algunas cosas las pasaba por encima, aludiendo al año anterior.
-Ya sabéis que segundo es duro -aducía la piloto-. El año pasado hemos incidido en esto, y en lo de más allá.
Realmente no atendía ni la mitad de la clase. La mitad que no atendía se organizaba en torno a dos o tres parejas que mantenían profusas conversaciones, una chica que dibujaba, otro que miraba las musarañas...
Pude analizar cuatro metodologías para atraer la atención de los despistados tigres:
1) Manotazo en la mesa.
2) Grito de: ¡Noias!
3) Chistar. O chistar repetidas veces.
4) Hablar cada vez más alto.
Entre bostezos y despistes generales, concluí que sólo atendían las tres muchachas que estaban delante (no les quedaba más remedio, por proximidad a la profesora). Y sin embargo toda la clase tenía capacidad de seguir lo que la piloto decía, pues cuando les preguntaban algo respondían sin problema.
Definitivamente, aquella sesión estuvo lejos de ser constructivista.
A eso de las 13:00, nos unimos a Xavi, el constructor jefe, en el castillo de proa. Nos explicó que el Sant Antoni había tenido que bolinear durante horas a fin de seguir la costa meridional de un pequeño islote cuyo nombre desconocía. Tras haber dado unas bordadas, avanzando a unas cinco cuartas del viento, manteniéndonos aceptablemente contra la deriva de las corrientes que se establecen entre los arrecifes, dejamos atrás el islote y proseguimos nuestra ruta.
Acudimos con él a otro laboratorio (parecía el día de los laboratorios).
-¿Qué tal el examen? -preguntó el constructor a las levas de 1º de bachiller-. ¿Era la prueba que os esperábais? ¿Echásteis de menos algún tema? ¿Os sobraba algún otro?
Xavi explicó a los suyos que aquellas preguntas no tenían el objetivo de modificar el examen siguiente, sino la manera de trabajar en clase.
"Hemos entrado de lleno en el constructivismo", pensé. "Quién mejor para ello que el constructor jefe".
La opinión general era que el examen sería más complicado. Creo que la mayoría de ellos estaban acostumbrados a los exámenes de conceptos, y sin embargo la prueba a la que los había sometido el constructor había sido de mayor aplicación.
-Bueno, este era el primer examen que os ponía -continuó-. Ahora ya sabéis por dónde van los tiros.
Y de este modo, y tomando el examen en sus manos, el constructor fue comentando la prueba pregunta por pregunta.
Las estanterías, llenas de químicos, las maquetas de volcanes, las bombonas de gas, y los fregaderos, fueron testigos de la jesuítica paciencia que Xavi desplegó al corregir el examen. Pregunta por pregunta, pude darme cuenta de que el examen tenía mucho de razonar, mucho de argumentar, de aplicar conocimiento y de tomar decisiones. Y casi nada de responder de memoria.
Como digo, aún estaba convaleciente de mis fiebres; es por esto que no recuerdo con detalle lo que se trató durante esta sesión. Pero sí que recuerdo algo que me agradó sobremanera:
-El mejillón de la pregunta número uno -dijo uno de aquellos intrépidos alumnos-, está acostumbrado al medio.
-¿Acostumbrado? -preguntó Xavi-. No me gusta. Utiliza otra palabra que tenga que ver con la ciencia.
El muchacho miró a sus compañeros. Ninguno osó pestañear.
-El mejillón está adaptado al medio -volvió a probar suerte.
-No me gusta. Utiliza algo de lo que hayamos aprendido.
-Vale -recapacitó. Segundos después, dijo:-. El mejillón es isotónico con el medio.
Las cejas de Xavi se arquearon.
-Eso ya me va gustando más.
Puedo asegurar que aquella fue una corrección activa, en la que cada uno aportaba lo mismo que el profesor y en la que la clase interactuaba conjuntamente para llegar a resolver los ejercicios.
Quedé enormemente asombrado de esa capacidad de guiar sin guiar, de conducir sin conducir, de hacer que los valientes marineros lleguen a buen puerto sin apenas ayudarles a remar, tan sólo dándoles las pautas de navegación pertinentes.
Aquella noche, mientras sorbía la sopa, decidí que al día siguiente volvería a comer carne. Ya me había repuesto completamente de mis trances, de mis dudas, de mis fiebres...
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