sábado, 11 de diciembre de 2010

La flota de Francia

El Sant Antoni se detuvo frente a una flotilla de franceses. Al parecer el capitán tenía la necesidad de parlamentar con el almirante de aquella escuadra, así que ordenó que pusieran la nave al pairo junto al bergantín que parecía el buque insignia. Como no había suficientes brazos, ayudé a mis compañeros a desmontar los botalones de la amura de estribor, con el fin de aproximar los barcos. En cuanto la operación hubo terminado, fui echado con cajas destempladas. Así que torné a mi trabajo.
Reunido con veintiocho intrépidos de 2º de bachiller en el aula magna, mi primera sesión del día tenía trazas de similitud con la clase del día anterior. Se trataba de corregir y comentar un examen realizado en el día anterior.
Es por esto que no entraré en detalle, limitándome a recordar los puntos sobre los que Xavi, el constructor, incidió ante sus bravos tigres:
-Si la prueba les había parecido más o menos fácil de lo que esperaban.
-Si alguna pregunta les había parecido más o menos complicada.
-Etc.
Xavi se valió de un proyector para mostrarles nuevamente el examen. A medida que corregían peguntas, él les acicateaba, les pinchaba, sacaba el jugo de unos bravos marineros que había exprimido sus cabezas hasta límites insospechados los últimos tres días. Otra cosa curiosa fue la manera cómo escribía en la pizarra sobre la imagen proyectada por el aparato. Creo que lo llamó irónicamente "pizarra híbrida".
-Por cierto -dijo también-. La pregunta del ciclo haplo-diploide no cuenta. Tenéis todos un cero.
Protestas generales.
-¡No, no, no! -les acalló-. Dejaos de protestas. ¿Qué os pensabais? No podéis pretender que una pregunta que está escrita en la pizarra cuente para la nota. Para otra vez le decís a la profesora que os cuida que borre la pizarra antes de empezar el examen.
Creo que la decisión fue implacable, pero supongo que los muchachos aprendieron la lección.
Se centraron luego en cuestiones sobre órganos homólogos y órganos análogos. El constructor les dijo que precisamente aquella cuestión había sido impugnada unos años antes en la selectividad.
En ese momento, Roger Bernet, oficial de derrota, irrumpió en el aula magna para informarnos de que la flotilla estaba preparando sus cañones.
-¡Tigres! -gritó el constructor-. ¡Todos a sus puestos!... ¡Recoged las vergas, cazad el foque en el palo mayor! Rápido, avisa al contramaestre para que guiñe el timón...
La tripulación fue presa de un gran revuelo. Al parecer el parlamento no había tenido éxito, o los franceses habían exigido algo que los tigres de Sant Antoni no estaban dispuestos a conceder.
Presa de gran agitación, me presenté en el puente. Lo que vi a continuación me heló la sangre en las venas.
El capitán, con el almirante de la flota enemiga asido por el cuello, retrocedía hacia nuestro barco con no menos de ciento veinte fusiles apuntándole al pecho. Protegido con el cuerpo del almirante a modo de escudo, nuestro capitán sujetaba fuertemente al enemigo y lo reducía amenazándole con un puñal en su garganta. Los franceses, incapaces de efectuar movimiento en aquella comprometida situación, se limitaron a escuchar las palabras de nuestro capitán:
-¡No pretendo hacerle daño! -gritó-. ¡Sólo deseamos salir de aquí!... ¡Dejadnos partir y os prometo que liberaremos a vuestro almirante en la isla de Elba!
-¡No le hagáis caso! -gritó el almirante-. ¡Disparad!
Aquel grito sonó tan poco convincente que ninguno de sus hombres osó apretar el gatillo. Fue de este modo que contemplasen cómo nuestro capitán se llevaba al almirante y daba las oportunas órdenes para poner proa hacia el noroeste.
-¡No nos sigáis hasta dentro de seis horas! -volvió a gritar, ante la atónita mirada de los franceses que no podían hacer nada-. Partid, pues, cuando se haya vencido ese tiempo, y podréis recoger sano y salvo a vuestro capitán...
Y así fue como ocurriría. Desde la borda vimos cómo la flota permanecía inmóvil hasta que, tres o cuatro horas después, desapareció en la lejanía.
Mantuvimos una reunión con el oficial Bernet, que quiso que quitásemos peso a lo sucedido.
-Aquí tenéis los horarios de la semana pasada, y de lo que queda de esta -nos dijo-. Voy a hablaros ahora de las Escolas Pías del mundo.
Mientras mis palpitaciones aflojaban y mi pulso se relajaba, el oficial nos fue relatando algunos factores organizacionales de las escuelas.
Resultaba que las de Cataluña y el País Vasco eran menos conservadoras que las del resto de España. En Cataluña existían 19 escuelas pías, regidas por una secretaría general, que vela por la búsqueda de un estilo docente común. Pendientes de la secretaría, cuelgan el "servicio solidario" y la "escuela solidaria", ambas organizaciones de apoyo a la propia infraestructura de las escuelas.
La asamblea de elección se celebra cada cuatro años. Existen dos políticas primordiales por escuela: la mediación, y la atención a la diversidad. Asimismo, cada cuatro años se redacta un manual de "estilo metodológico", que podría considerarse como la "biblia" de las escolas pías durante cuatro años.
Eché un vistazo a ese manual. Pude entender que en él priman la cualidad frente a la cantidad; la secuencia formativa aboga por la evaluación continua; el trabajo en equipo es potenciado no sólo entre alumnos, sino entre profesores, etc., de modo que los valores de la escuela se transmiten de unas personas a otras, se propagan como la carcoma en la madera de las naves.
Gracias a estas guías, la escuela se plantea "cómo quiere que sea un alumno que pasa por ella", "cómo quiere la escuela que sea el perfil de un profesor", o "cómo quiere la escuela que sea la mismísima escuela". Para eso son las guías de estilo metodológico.
¿Qué caracteriza, concretamente, al Sant Antoni, frente a los demás buques de la flota antoniana?
1) Tutorías: relación estrecha con los alumnos.
2) Trabajar en equipo, efectuando muchas reuniones.
3) La atención a la diversidad.
4) El diálogo, la mediación, la habilidad social.
5) Una tripulación participativa.
6) Una apertura a diferentes culturas, diferentes razas, etc.
7) El fomento de la cultura y la lengua catalanas.
8) El fomento de la fe cristiana.
No sé cómo terminó aquella reunión, sin embargo recuerdo que, poco después, el vigía de la cofa del trinquete gritó que había avistado tierra.
Para cuando abandonamos al almirante francés en la isla de Elba, mi compañera la timonel De los Santos y yo, ya nos hallábamos en el laboratorio de química, junto a Elisabeth y otros 13 intrépidos tigres de la ESO.
Ningún otro incidente vino a turbar la tranquilidad del día, como no fuera la sensación constante de que la flota entera de Francia habría puesto, seguramente, precio a nuestra cabeza.

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