Hediendo a mil pestes bubónicas, abandonamos la pensión que nos había acogido en Génova. Nunca fueron tan olímpicamente despilfarrados ocho maravedíes en mi corta vida como corsario.
El fin de semana había sido productivo: habíamos hecho los trueques convenientes, e incluso habíamos tenido tiempo de reflexionar acerca de todo lo aprendido la primera semana a bordo del Sant Antoni.
Sin embargo, puede que la hidromiel de la posada, o bien el vino peleón, si no habían sido los chinches del jergón, que daban saltos como verdaderos demonios, mi cabeza zumbaba y mis oídos estaban sordos. Apenas me tenía en pie.
Nos acercamos a la chalupa que nos había acercado a tierra. Las despedidas entre lobos de mar suelen ser poco afectuosas: bastan unos rudos manotazos en los hombros y unos cuantos parabienes. Así fue nuestra despedida con la velera de Trincheria y la guardiamarina Zapater: seca, escueta, desnuda de toda ternura.
¿Volveríamos a vernos? Eso era seguro. El almirantazgo había dejado constancia de que ellas deberían volver a enrolarse en el año entrante. Reencontrémonos, pues, en un futuro no muy lejano.
Ya en el puente, la armera Elisenda apremió a mi compañera De los Santos y a mí para acudir a matemáticas. Al pasar por el camarote del oficial Bernet, pudimos ver que otros marineros habían sido embarcados. "Estudiantes en prácticas provenientes de otras universidades", pensé. Y seguramente no me engañaba.
Fuerza es reconocer que me llenó de ilusión tornar a ver a los valerosos tigres de 2º de ESO. Algunas caras me reconocieron cuando invadí el aula, y creo que no sería imprudente afirmar que pude ver algunas sonrisas de afecto.
La armera les había planteado un problema de cálculo. Me di cuenta de que habían juntado a medio sector del B, con media clase del C. Se trataba de solucionar algunas cuentas simples de cálculo básico. Planteado el problema en la pizarra, y dado el tiempo pertinente para que los audaces jóvenes lo asaetearan con su ingenio, la armera indicó a una brava marinera que saliera a terminar de resolverlo.
Más tarde, otra joven resolvió otro problema y así sucedió con otros dos o tres tigres, a cual más peripuesto y prudente.
Me di cuenta de que, cuando se han aprendido las complejas técnicas marineras llamadas "ecuaciones", resolver algunos problemas matemáticos prescindiendo de ellas resulta prácticamente un intangible. A mi compañera, la timonel Anna De Los Santos, y a mí, nos costó abstraernos de las ecuaciones y los sistemas de ecuaciones para resolver un par de problemas. Suerte que estaba allí Eslisenda, de otro modo podríamos haber vivido un trance de difícil resolución.
Pero como digo, la armera Elisenda estaba allí para dar sus estocadas magistrales. Siempre en su lugar, resuelta y firme en sus quehaceres, supo llevar a los marineros adonde ella se lo propuso. Me doy cuenta de todo el trabajo de planificación que conlleva eso.
La clase volvió a transformarse en un campo de prácticas: los alumnos resolvían ejercicios, y nosotros, como podíamos (y acicateados por la armera), pasábamos por las mesas tratando de dar nuestro apoyo logístico.
Deberes para casa, suena la campana, y fin de la clase.
Casi mendigaba un trozo de papel para sonarme las narices, cuando llegamos al aula de acogida. Por suerte allí me proporcionaron un paquete, aunque aquel gesto no serviría para mantenerme en cubierta todo el día.
Quien me había proporcionado tal remedio, no era otra que la estibadora Astrud, responsable del aula de acogida y leal servidora del Sant Antoni.
En el camarote estaba ella, y otros cinco grumetes venidos de los médanos de Filipinas, las dunas del Indo pakistaní y los meandros del Río Amarillo. Aquellos jóvenes apenas conocían nuestra lengua, y sin embargo en sus rostros se percibía la bravura de los más temibles lobos de mar. Ayudados de unos rudimentarios ordenadores, los tigres venidos de los cuatro confines de la Tierra trataban de elaborar unas recetas de cocina, aprendiendo las palabras básicas de los ingredientes, o los verbos básicos del catalán o el español, efectuando esfuerzos estratosféricos. La estibadora Astrud estaba con ellos, y no se separaba ni un segundo de su aprendizaje. Dos de ellos habían ingresado hacía ya tres semanas, y ya captaban las extrañas lenguas que de nuestras bocas salían. Los recién llegados, sin embargo, venidos de los médanos pakistaníes, se hacían valer de las lenguas sajonas para comunicarse con nosotros. Tímidos unos, algo más desfachatados los otros, pero en cualquier caso despiertos, inquietos, con ganas de aprender y no dejarse vencer por las dificultades idiomáticas... Ciertamente nos dieron una lección acerca del esfuerzo personal, el espíritu de lucha, y la capacidad de adaptación.
¿Seríamos capaces nosotros de enrolarnos en un prao chino, a las órdenes de una triuplación desconocida, y sin entender el idioma, y mostrar si quiera una sonrisa, como aquellos intrépidos jóvenes mostraban cuando vencían las dificultades y conectaban el internacional lenguaje de los signos con nosotros? Mucho tenemos que aprender aún de ellos... Espero volver a tener ocasión de saludarles.
¿Y qué decir de Astrud, quien, si cabe, podría considerarse aún cien veces más perseverante que sus amados tigrecitos? Qué mejor ejemplo que cuando aparecían las dificultades del idioma, a las que ella jamás daba tregua ni abandonaba por imposibles. Mil veces lo intentaba, mil veces chocaba su cabeza contra las agudas rocas de la dificultad, y sin embargo retrocedía, como los sabios decápodos, e intentaba traducir a otro idioma quizás inventado por ella, hasta hacerse entender con insistencia implacable.
Recuerdo con dificultad el resto de la jornada. Estaba fuertemente constipado y no dejaba de sonarme la nariz. Lo único que puedo decir es que aquel día me dieron la sopa en la cama. Alguien se encargó de desabrocharme la camisa y darme unas friegas en el pecho con algún ungüento que olía a hierbas de Ceilán.
Me despertaron unos golpes en la escalerilla del corredor de estribor. Era mi oficial de derrota, que venía a ver cómo me encontraba.
-Mucho mejor, mi señor -le contesté-. Dispuesto a serviros.
Era miércoles.
Había pasado dos días delirando, padeciendo las fiebres del Singapur, contraídas hace un par de años. El médico de abordo me dijo que era una pequeña recaída sin importancia.
Oí un grito desde la cofa de la mesana: poníamos rumbo a Sicilia.
Desayuné algo ligero y fui convocado rápidamente en la cuarta cubierta. Las levas de 1ºESO C, ya estaban prestas para una nueva sesión de claves dicotómicas.
Elisenda nos esperaba con la misma alegría de siempre.
-¿Ya estás mejor?
-Sí -contesté. Aunque en verdad no oía muy bien porque aún tenía algo de congestión en el oído.
Recuerdo que aquella sesión fue similar a las otras de claves dicotómicas. La armera comenzó dando un pequeño repaso al examen que habían tenido el día anterior, martes. Se trataba de un examen de conceptos. Después de este pequeño repaso, los jóvenes tigres fueron colocados por grupos, manteniendo los mismos que en la clase anterior. En cuanto Elisenda dio la orden, se produjo un revuelo de mesas y sillas, un atronamiento como venido del averno, mientras que los bravos marineros disponían la artillería a su antojo. Una vez se hubieron ubicado en su nueva posición, la armera Elisenda disparó una salva que daba inicio a la actividad.
En primer lugar debían comparar unas claves con otras, de tal modo que cada alumno corroborase que la suya era correcta.
-Carol -dijo la armera, dirigiéndose a una brava grumetilla-. ¿Comiendo chicle? A la basura.
Dicho y hecho. El gesto y la interrupción fueron tan livianos, que para cuando Carol había lanzado el chicle y había vuelto a sentarse en la mesa, la nave apenas había avanzado medio nudo. Orden magistral, directa, concisa, que obedece a un pacto de la marinería que los tigres ya conocen: no comer chicle en clase. La orden se cumple ineludiblemente y sin rechistar.
Pasaron un buen rato haciendo ejercicios de claves dicotómicas, esta vez con unos folios que mostraban claves para separar tornillos y tuercas.
Mientras me paseaba por las mesas, una de aquellas grumetes me preguntó algo.
-Maese Héctor, ¿qué es peor, que te mientan, o que no te digan algo?
La pregunta me cogió por sorpresa. Al parecer ella mantenía un acalorado debate con su compañero de grupo acerca de alguna información de talante confidencial.
-Es peor que te mientan -aseveré. Pero pronto traté de reconducirles a la actividad-. ¿Cómo va ese ejercicio?
Me sentía incómodo porque seguía cayéndoseme el moquillo y la cabeza me daba vueltas. Sin embargo, aquel día me propuse aguantar como un auténtico bucanero de las Antillas.
La clase discurrió sin más novedad que otra curiosa marinera que me preguntaba acerca del tiempo que me llevaba peinarme. No le di mucha importancia, y, nuevamente, traté de que se concentrara en la tarea.
Finalizada la clase, recibí la grata sorpresa de que (por fin) visitaríamos la quinta cubierta: Bachiller.
Al atravesar el puente, vi al contramaestre hablando con el segundo oficial, que enfocaba su catalejo en dirección a levante. Al parecer habían avistado una nave corsa, con el pabellón izado, a estribor por avante. El segundo de abordo me comentó que no tenían especial aversión a los corsos, si bien dieron parte al capitán por si acaso y tomaron nota en el cuaderno de vitácora.
La reunión con bachiller tuvo lugar en otro de los laboratorios, seguramente de biología, pues tenía posters de animales colgados de las paredes y microscopios en las estanterías.
Los alumnos de bachiller llevaban tres días de exámenes y acababan de subir del recreo. Aquellas catorce o quince caras largas no mostraban ningún signo de apetencia, ninguna gana de entrar en clase. Prueba de ello fue que anduvieran jugando con una araña que se descolgaba del techo o cantaran alguna melodía que me sonaba a la coral de Brandenburgo. Creo que Greta Bayó, la piloto, debió de percatarse de este estado de exaltación, puesto que dedicó la primera media hora de la sesión a enseñarles algunas técnicas chamanes de relajación, mediante la fuerza cósmica y la conexión de las yemas de los dedos con las líneas de energía del universo. Algunos se mostraban más escépticos, sin embargo las chicas se lo tomaban bastante en serio. Si no hubiera conocido los precedentes, creo que me habría sido imposible no pensar que la asignatura de Ciencias de la Tierra (que yo desconocía hasta ese día) versaba sobre chacras y brujerías brasileñas; y que la piloto no era otra que una de aquellas chamanes que practican vudú con los indios caribes. Pero pronto entendí que no era así.
De poco le sirvió la media sesión relajatoria. La segunda mitad de la clase trató de dar un repaso a todo lo que tratarían en el segundo trimestre. Había mucho murmullo entre las filas marineras. Ella se pasaba el rato gritando, casi inconscientemente. Realmente parecían más de catorce alumnos: tal era la barahúnda que montaban.
Me percaté de que algunas cosas las pasaba por encima, aludiendo al año anterior.
-Ya sabéis que segundo es duro -aducía la piloto-. El año pasado hemos incidido en esto, y en lo de más allá.
Realmente no atendía ni la mitad de la clase. La mitad que no atendía se organizaba en torno a dos o tres parejas que mantenían profusas conversaciones, una chica que dibujaba, otro que miraba las musarañas...
Pude analizar cuatro metodologías para atraer la atención de los despistados tigres:
1) Manotazo en la mesa.
2) Grito de: ¡Noias!
3) Chistar. O chistar repetidas veces.
4) Hablar cada vez más alto.
Entre bostezos y despistes generales, concluí que sólo atendían las tres muchachas que estaban delante (no les quedaba más remedio, por proximidad a la profesora). Y sin embargo toda la clase tenía capacidad de seguir lo que la piloto decía, pues cuando les preguntaban algo respondían sin problema.
Definitivamente, aquella sesión estuvo lejos de ser constructivista.
A eso de las 13:00, nos unimos a Xavi, el constructor jefe, en el castillo de proa. Nos explicó que el Sant Antoni había tenido que bolinear durante horas a fin de seguir la costa meridional de un pequeño islote cuyo nombre desconocía. Tras haber dado unas bordadas, avanzando a unas cinco cuartas del viento, manteniéndonos aceptablemente contra la deriva de las corrientes que se establecen entre los arrecifes, dejamos atrás el islote y proseguimos nuestra ruta.
Acudimos con él a otro laboratorio (parecía el día de los laboratorios).
-¿Qué tal el examen? -preguntó el constructor a las levas de 1º de bachiller-. ¿Era la prueba que os esperábais? ¿Echásteis de menos algún tema? ¿Os sobraba algún otro?
Xavi explicó a los suyos que aquellas preguntas no tenían el objetivo de modificar el examen siguiente, sino la manera de trabajar en clase.
"Hemos entrado de lleno en el constructivismo", pensé. "Quién mejor para ello que el constructor jefe".
La opinión general era que el examen sería más complicado. Creo que la mayoría de ellos estaban acostumbrados a los exámenes de conceptos, y sin embargo la prueba a la que los había sometido el constructor había sido de mayor aplicación.
-Bueno, este era el primer examen que os ponía -continuó-. Ahora ya sabéis por dónde van los tiros.
Y de este modo, y tomando el examen en sus manos, el constructor fue comentando la prueba pregunta por pregunta.
Las estanterías, llenas de químicos, las maquetas de volcanes, las bombonas de gas, y los fregaderos, fueron testigos de la jesuítica paciencia que Xavi desplegó al corregir el examen. Pregunta por pregunta, pude darme cuenta de que el examen tenía mucho de razonar, mucho de argumentar, de aplicar conocimiento y de tomar decisiones. Y casi nada de responder de memoria.
Como digo, aún estaba convaleciente de mis fiebres; es por esto que no recuerdo con detalle lo que se trató durante esta sesión. Pero sí que recuerdo algo que me agradó sobremanera:
-El mejillón de la pregunta número uno -dijo uno de aquellos intrépidos alumnos-, está acostumbrado al medio.
-¿Acostumbrado? -preguntó Xavi-. No me gusta. Utiliza otra palabra que tenga que ver con la ciencia.
El muchacho miró a sus compañeros. Ninguno osó pestañear.
-El mejillón está adaptado al medio -volvió a probar suerte.
-No me gusta. Utiliza algo de lo que hayamos aprendido.
-Vale -recapacitó. Segundos después, dijo:-. El mejillón es isotónico con el medio.
Las cejas de Xavi se arquearon.
-Eso ya me va gustando más.
Puedo asegurar que aquella fue una corrección activa, en la que cada uno aportaba lo mismo que el profesor y en la que la clase interactuaba conjuntamente para llegar a resolver los ejercicios.
Quedé enormemente asombrado de esa capacidad de guiar sin guiar, de conducir sin conducir, de hacer que los valientes marineros lleguen a buen puerto sin apenas ayudarles a remar, tan sólo dándoles las pautas de navegación pertinentes.
Aquella noche, mientras sorbía la sopa, decidí que al día siguiente volvería a comer carne. Ya me había repuesto completamente de mis trances, de mis dudas, de mis fiebres...
No hay comentarios:
Publicar un comentario