miércoles, 30 de marzo de 2011

Autoridad e improvisación

Hoy he podido escribir de nuevo. Había pasado los últimos tres días en cama, sin poder ingerir más que unas gotas de ron y un poco de arroz, sin embargo ayer me incorporé y volví al trabajo. Creo que algún virus tropical recorre la cubierta y, prueba de ello, es el hecho de que varios compañeros míos también hayan caído enfermos.
Había acudido el lunes pasado, día de San Valentín, a una instrucción de matemáticas de la armera Turón. Me sentía como pez en el agua, después de dos días de descanso tras nuestro abordaje en Oporto. Los músculos descansados, el raciocinio despejado, no podía pedirse que la clase transcurriese de mejor manera para mí, más aún cuando los muchachos estaban tan motivados: ciertamente tenían en la cabeza la significativa fecha en que nos encontrábamos, y a más de uno ya se le veían las maneras de Don Juan, aún estando en el aula.
Durante la sesión tuvimos oportunidad de retomar las por mí casi olvidadas sumas y restas de fracciones, mientras practicábamos con lo jóvenes efectuando descomposiciones y máximos divisores comunes.
Creo que debía ser media mañana cuando me quedé dormido en el castillo de proa, en el suelo, bajo una miríada de rayos solares que debieron traspasarme la materia gris.
Es por ello que, a última hora, me encontrara ya tan mal. Era seguro que me había dado una insolación, quedándome frío para mayor agravio.
Cuando volví a reunirme con la armera, sentía que el mundo giraba alrededor de mi cabeza. Tenía la visión borrosa y el hálito jadeante, sin embargo, esto no impidió que asistiera a la última sesión del día, en compañía de los tigres de 2º de ESO B.
Acaso fuera, como se ha dicho, el hecho de que estuviéramos en el día de los enamorados, o quizás que fuese la última hora de un largo día, si bien sea como fuere, ya desde que entramos en el aula, percibimos mucho jaleo y exaltación por parte de la tropa. Ante tal desproporción de confusión y desorden, Elisenda, muy enfadada, se encaró con sus muchachos tratando de enderezarles de manera perentoria. Todavía enojada, pidió que alguien fuera a por el proyector, con el fin de poder utilizarlo para las exposiciones que debían hacer algunos de los suyos.
Ciertamente me daba cuenta de lo difícil que sería tornar una situación de descontrol y amotinamiento en una clase tranquila, pero el don de mando de la armera y su experiencia bastaron para reconducir a los alborotadores hacia fueros más pacíficos.
Siempre he admirado esa capacidad de mando que detentan algunas personas y de la cual yo, sea por falta de tablas, o sea por las propias aptitudes personales de cada uno, carezco. Pocas veces me he visto en la necesidad de dar voces y enfadarme ante un grupo numeroso de gente a mi cargo; espero estar a la altura el día que lo necesite. En verdad a nadie le gusta ejercer de sátrapa, pero en ocasiones límite es del todo necesaria la mano dura para hacerse respetar.
Las exposiciones, al igual que un par de días antes en la sesión del oficial Bernet, resultaron de lo más enternecedoras y agradables. Por un momento envidié y sentí orgullo de aquellos muchachos que, a tan temprana edad, eran capaces de valerse de técnicas tan modernas como las presentaciones en power point para exponer sus tareas. A su edad yo apenas sabía manejar un ordenador y, desde luego, no hubiera tenido la sangre fría como para dar un pregón con tanta desenvoltura.
Como ya se ha dicho, el día terminó sin otro incidente que el hecho de que yo quedara transido de fuerzas, teniendo que ingresar en cama, de la que no salí por periodo de tres días.
Ayer, por fin en pie, efectué mi segunda salida del buque, como segundo al mando de un grupo de jóvenes intrépidos. Comandados por Roger Bernet, nos embarcamos en una chalupa que nos acercó a la costa, donde, tras caminar por periodo de veinte minutos, tomamos el metropolitano en dirección a Cosmo-Caixa.
El día no era lluvioso, sin embargo el viento era muy pesado y gélido. Habíamos llegado al museo a la hora prefijada, y aguardábamos ante el edificio a la espera de órdenes, mientras ingeríamos algunas calorías de pan  y fiambre que nos inducieron un poco de valor contra los elementos.
Al principio se suponía que mi compañera, la timonel de los Santos, y yo, debíamos explicar a los jóvenes lo relativo al "muro geológico" del museo, lo cual ya me mantenía inquieto, por no haber podido prepararme debidamente la lección.
"Aunque por otra parte", pensé, "un profesor tiene que estar preparado para improvisar en todo momento".
Así trataba yo de infundirme ánimos, mientras aguardaba la espera.
Hasta entonces, no sabía de Cosmo-Caixa más que se trataba de un museo de ciencias, relativamente moderno. Cuando por fin accedimos al recinto, entendí la importancia didáctica del lugar.
Numerosos grupos de colegiales rondaban por la sala principal, presidida, como en todo buen museo de ciencias, por un enorme péndulo de Foucault que colgaba de un techo que bien podía estar a 25 toesas del suelo. Observé que las instalaciones eran muy adecuadas al público infantil y juvenil, con guías especializados en estos rangos de edades, y experimentos llamativos que captasen la atención de los más pequeños.
En principio se dio tiempo libre para que los muchachos se situaran en el lugar. Más tarde, un amable guía nos acompañó en el recorrido por la "Sala de la materia", donde nos fue explicando algunos aspectos muy curiosos de la ciencia. Tuvimos ocasión de admirar juegos de ondas, campos magnéticos, arena, electricidad... y un sinfín de artilugios. Por último se dejó nuevamente a los alumnos un rato libre, durante el cuál pudimos degustar un café y admirar, al menos de lejos, los ejemplares reptilianos del bosque inundado.
A las 12:00, si mal no recuerdo, se había quedado ante el péndulo, para subir a la segunda planta, donde finalmente sería Roger quien explicase el muro geológico. En su humildad, Roger me pedía que estuviera atento por si él decía "alguna barbaridad", ya que me consideraba a mí, de alguna manera, más experto en la materia, por mi formación más específica en geología. ¡Qué sencillez y modestia...!Al oír aquello, ciertamente, no pude menos que maravillarme, puesto que yo, lejos de encontrar ningún desperfecto en sus explicaciones, debo decir que fueron óptimas.
Pues bien, una vez explicado el muro geológico, la comitiva se dispuso a comer; pero yo, que aún estaba débil y convaleciente, decidí separarme del grupo y acudir a los muelles, donde me quedé recostado en la bodega de la chalupa, entre unos sacos de garbanzos, hasta que, una vez llegaron mis compañeros, partimos nuevamente hacia el Sant Antoni.
Hoy, miércoles, el día ha sido mucho más pacífico, y sólo cabría destacar mi asistencia a un examen de experimentales en 1ª de ESO C, junto a la armera Turón. Tan sólo mencionar que, ante las preguntas de "temario" que los muchachos me hacían durante la prueba, he sido medianamente capaz de ayudarles en sus dudas. Sin embargo, cuando la pregunta se trataba de algún aspecto procedimental, como por ejemplo, si "se puede escribir por la parte de detrás de la hoja", resulta difícil dar alguna respuesta, como no tengas las cosas claras o seas el profesor titular.
Nuevamente acudo a la importancia de la improvisación en la enseñanza, y, termino mi narración de hoy bajo la siguiente reflexión, que escuché a Paco de Lucía:

"La gente me pregunta cómo hago para improvisar. Yo les respondo: improvisando".

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