En el laboratorio, el oficial Bernet tiene a sus tigres de 1º cuadrándose en filas, ante él. Es viernes, día 28, y la cartografía de Besalú preside la mesa.
La bata de un alumno, toda pitarrajeada, está preñada de groseros mensajes, casi blasfemos, en los que se exaltan obscenidades que apenas me atrevo a reproducir. La cruz gamada de los teutones es sólo uno de los ejemplos de la profusa simbología que contiene.
El resto de batas no quedan exentas de todo tipo de mensajería: nombres propios, nombres de compañeros, enseñas de amistad y sellos de amor. Es raro reconocer a uno de ellos que no lleve incorporados sus propios emblemas; que no se haya tatuado a los propios dioses.
A segunda hora, me fijo cómo uno de los marineros del primer sector le cede su bata a algún ofuscado que se la ha dejado en casa; ya he visto este tipo de conducta en otras ocasiones; se trata de una práctica habitual: uno de entre los insurrectos desatiende sistemáticamente el uso de la bata, y se la pide a otro de su camada, que, más comedido o menos distraído, consiente en ello cada semana. ¿Existe intimación en ello? No podría decirse. Sin embargo creo que, en este punto, aquellos dos tigres están jugándose un consejo de guerra.
La práctica versa sobre el uso de mapas; la armera Turón ha sustituido al oficial Bernet a segunda hora, y, bajo su precepto, acompañamos a los briosos grumetes en el adiestramiento cartográfico.
Antes de abandonar el laboratorio, contemplo con nostalgia un mapa que representa mi tierra, en concreto la zona de Picos de Europa. Y es así como, divagando con nostalgia sobre de mis patrios lares, abandono el laboratorio de la tercera cubierta.
Me dirijo a la cuarta; asisto a una instrucción de la tropa de élite, los Ulises, donde brindaré toda mi capacidad observadora a mis camaradas, la velera de Trincheria y la guardamarina Zapater. El constructor xavi les ha puesto en un brete pues, si previo aviso, les ha pedido que dirijan a la tropa de élite en el calafateado del casco, en tanto que el San Antoni está fondeado en la bahía de Cádiz. La energía eléctrica acumulada en las nubes, nos sometió ayer a una fuerte tormenta de levante, cuando atravesábamos la línea de Granada. Es por ello que hoy se precisa que arrimemos el hombro, y echemos una mano.
En un primer momento de desconcierto, a la hora de organizar a los tigres para que ejerzan sus funciones, la velera se pone en pie, y avanza dos pasos, infundiendo su autoridad entre las vivarachas filas de la tropa. Habla con autoridad, y consigue aminorar la barahúnda hasta que sólo se percibe el lejano cloqueo de las aguas contra el casco. Acto seguido, la guardamarina comienza a dar instrucciones, y va haciendo pequeños resúmenes, párrafo, por párrafo, haciendo que los muchachos se pongan manos a la obra. La operación comienza a desarrollarse con normalidad y, pasados unos minutos, los tigres trabajan con entusiasmo.
En un momento dado, vuelve a la carga la velera de Trincheria, atribuyendo ahora a la tropa nuevas funciones. Comienzan a corregir el trabajo hecho, comienzan a sacar conclusiones, y, lo que es más importante, comienzan a penetrar en el mundo del conocimiento, haciéndose autónomos para que, cuando no estén siendo supervisados, puedan desempeñar satisfactoriamente su papel.
Sobra decir que me quedo obnubilado ante el buen hacer de mis compañeras, quienes, a base de acentuar sus consejos e insistir sobre los puntos más trascendentes, consiguen que el adiestramiento funcione sin trance alguno, como no fuera un pequeño rescate que tiene que hacer Xavi para explicar los factores de conversión.
En resumen, mis compañeras consiguen darle a la instrucción el barniz que le daría un buen profesional.
La bata de un alumno, toda pitarrajeada, está preñada de groseros mensajes, casi blasfemos, en los que se exaltan obscenidades que apenas me atrevo a reproducir. La cruz gamada de los teutones es sólo uno de los ejemplos de la profusa simbología que contiene.
El resto de batas no quedan exentas de todo tipo de mensajería: nombres propios, nombres de compañeros, enseñas de amistad y sellos de amor. Es raro reconocer a uno de ellos que no lleve incorporados sus propios emblemas; que no se haya tatuado a los propios dioses.
A segunda hora, me fijo cómo uno de los marineros del primer sector le cede su bata a algún ofuscado que se la ha dejado en casa; ya he visto este tipo de conducta en otras ocasiones; se trata de una práctica habitual: uno de entre los insurrectos desatiende sistemáticamente el uso de la bata, y se la pide a otro de su camada, que, más comedido o menos distraído, consiente en ello cada semana. ¿Existe intimación en ello? No podría decirse. Sin embargo creo que, en este punto, aquellos dos tigres están jugándose un consejo de guerra.
La práctica versa sobre el uso de mapas; la armera Turón ha sustituido al oficial Bernet a segunda hora, y, bajo su precepto, acompañamos a los briosos grumetes en el adiestramiento cartográfico.
Antes de abandonar el laboratorio, contemplo con nostalgia un mapa que representa mi tierra, en concreto la zona de Picos de Europa. Y es así como, divagando con nostalgia sobre de mis patrios lares, abandono el laboratorio de la tercera cubierta.
Me dirijo a la cuarta; asisto a una instrucción de la tropa de élite, los Ulises, donde brindaré toda mi capacidad observadora a mis camaradas, la velera de Trincheria y la guardamarina Zapater. El constructor xavi les ha puesto en un brete pues, si previo aviso, les ha pedido que dirijan a la tropa de élite en el calafateado del casco, en tanto que el San Antoni está fondeado en la bahía de Cádiz. La energía eléctrica acumulada en las nubes, nos sometió ayer a una fuerte tormenta de levante, cuando atravesábamos la línea de Granada. Es por ello que hoy se precisa que arrimemos el hombro, y echemos una mano.
En un primer momento de desconcierto, a la hora de organizar a los tigres para que ejerzan sus funciones, la velera se pone en pie, y avanza dos pasos, infundiendo su autoridad entre las vivarachas filas de la tropa. Habla con autoridad, y consigue aminorar la barahúnda hasta que sólo se percibe el lejano cloqueo de las aguas contra el casco. Acto seguido, la guardamarina comienza a dar instrucciones, y va haciendo pequeños resúmenes, párrafo, por párrafo, haciendo que los muchachos se pongan manos a la obra. La operación comienza a desarrollarse con normalidad y, pasados unos minutos, los tigres trabajan con entusiasmo.
En un momento dado, vuelve a la carga la velera de Trincheria, atribuyendo ahora a la tropa nuevas funciones. Comienzan a corregir el trabajo hecho, comienzan a sacar conclusiones, y, lo que es más importante, comienzan a penetrar en el mundo del conocimiento, haciéndose autónomos para que, cuando no estén siendo supervisados, puedan desempeñar satisfactoriamente su papel.
Sobra decir que me quedo obnubilado ante el buen hacer de mis compañeras, quienes, a base de acentuar sus consejos e insistir sobre los puntos más trascendentes, consiguen que el adiestramiento funcione sin trance alguno, como no fuera un pequeño rescate que tiene que hacer Xavi para explicar los factores de conversión.
En resumen, mis compañeras consiguen darle a la instrucción el barniz que le daría un buen profesional.
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