Cumpliendo con nuestros deberes de marineros, al día siguiente efectuamos nuestra primera salida del buque, tal como exigían los preceptos de la almirante Lope. Así que, a las 9:00 del martes, la timonel de los Santos y yo nos reunimos con Greta en el puente.
Se nos encomendaban labores de flete de animales, para lo cual acudiríamos al zoo de Barcelona donde, con la ayuda de los valientes de 3º de ESO, adquiriríamos ejemplares salvajes de especies africanas para hacer una entrega a la casa Hagenbeck de Hamburgo.
Fue de este modo que, pertrechados como auténticos exploradores, partimos en busca de las fieras.
Ya se sabe del tamaño despiste que ostentan los jovenzuelos bribones de 3º; sin embargo, cuando la timonel y yo nos percatamos de la desorientación de que hacían gala algunos de aquellos tigres, no pudimos por menos pensar que las habladurías se habían quedado cortas. A fe que alguno se hubiera perdido en los pasadizos del metro barcelonés si no hubiésemos tirado de su capucha en su debido momento.
La jornada consistía en una charla para la sensibilización de los jóvenes; se trataba de tocar el tema de las especies faunísticas en peligro de extinción, para lo cual, un bondadoso custodio de las bestias del zoo nos dio una amable charla que nos dejó patidifusos. Hubiese creído difícil mover los corazones de aquellos aguerridos tigres antes de llegar allí; no obstante, aquel buen mozo supo chincharnos, picotearnos y quebrantar las líneas de fuerza de nuestra ternura hasta hacernos partícipes de las barbaridades que pueden llegar a hacerse en la trata de animales, la caza furtiva, o la destrucción de hábitat.
El resto de la jornada discurrió fraternalmente, entre garras de leopardos, compungidos rostros de primates, y el babilónico semblante de los rinocerontes. Aquellos pobres desdichados me dieron tanta pena que incluso me dio un asalto de angustia cuando hice cargar los contenedores con los siete tigres, las dos panteras negras y los cuatro paquidermos de La India. Pero las órdenes eran las órdenes.
Al día siguiente, el Sant Antoni levó anclas y pusimos proa hacia Gibraltar.
La mañana era despejada, la mar estaba buena, y tan sólo unos tenues rizos de espuma sobre la superficie osaban desfigurar la tersura de su espejo. Algunas gaviotas afónicas sobrevolaron las gavias y el trinquete mientras nos alejábamos del fondeadero.
Habíamos comenzado el día junto a nuestra valedora, la armera Turón. Era míercoles, diez de la mañana, y nos habíamos acercado a su gabinete para principiar la planificación de la que sería nuestra futura primera práctica: una sesión de identificación de hojas.
Más tarde, la acompañamos en su instrucción junto a los tigres de 1º de ESO C, donde dedicamos la hora a la corrección de controles. Durante aquella sesión tuve oportunidad de descubrir el método de los "palitos", o así lo llamo yo, para la corrección de preguntas. Debe de tratarse de un alfabeto rúnico, y su utilización procede de los arcanos; el caso es que aquella inventiva de signos de corrección me tenía estupefacto. Trataré de explicarme. Si la pregunta está bien, se pone un aspa a la que la armera llama "positivo"; el signo es similar a la cruz de la orden de caballeros del temple. En el caso de que contenga algún leve fallo, le quita uno de los brazos al "positivo", dejando una especie de "T" tumbada. Un fallo más, supondría la retirada de un bracito más, resultando una simple línea recta vertical. Pero aquí viene lo paradójico y esotérico, puesto que, en caso de tener que bajar aún más la nota, en lugar de quitar un bracito más al positivo, la armera traza un símbolo diagonal consistente en una rayita que forma 45º con la horizontal. Un símbolo masónico, ciertamente. Por último, la valoración mínima se significa mediante una rayita horizontal.
Sea como fuere, aquella variedad de cifrados y caracteres me dejó sin habla. Una razón más, sin duda, para admirar las dotes de nuestra mentora.
Todavía cavilaba sobre estas abstracciones cuando, a última hora, asistía en el aula magna a una de las ilustraciones del constructor, Xavi. No puede decirse que aquella fuese una sesión constructivista, en realidad, sino más bien una sesión al estilo clásico de transmisión, en la que las enzimas impulsaban su energía de activación entre las convenientes cuestiones de los tigres de bachiller, que sitiaban al ponente y le obligaban a utilizar certeros ejemplos como el de comparar la carga de la enzima con el metro en hora punta.
Nada más que señalar de la clase, como no fuera el desconsuelo que provocaba ver la pobre pizarra digital, desamparada en una esquina.
Terminé mi jornada acodado en la popa, observando cómo el casco del Speedy, un bergantín inglés que pocas horas antes se había puesto al pairo nuestro, se perdía en la lejanía.
Se nos encomendaban labores de flete de animales, para lo cual acudiríamos al zoo de Barcelona donde, con la ayuda de los valientes de 3º de ESO, adquiriríamos ejemplares salvajes de especies africanas para hacer una entrega a la casa Hagenbeck de Hamburgo.
Fue de este modo que, pertrechados como auténticos exploradores, partimos en busca de las fieras.
Ya se sabe del tamaño despiste que ostentan los jovenzuelos bribones de 3º; sin embargo, cuando la timonel y yo nos percatamos de la desorientación de que hacían gala algunos de aquellos tigres, no pudimos por menos pensar que las habladurías se habían quedado cortas. A fe que alguno se hubiera perdido en los pasadizos del metro barcelonés si no hubiésemos tirado de su capucha en su debido momento.
La jornada consistía en una charla para la sensibilización de los jóvenes; se trataba de tocar el tema de las especies faunísticas en peligro de extinción, para lo cual, un bondadoso custodio de las bestias del zoo nos dio una amable charla que nos dejó patidifusos. Hubiese creído difícil mover los corazones de aquellos aguerridos tigres antes de llegar allí; no obstante, aquel buen mozo supo chincharnos, picotearnos y quebrantar las líneas de fuerza de nuestra ternura hasta hacernos partícipes de las barbaridades que pueden llegar a hacerse en la trata de animales, la caza furtiva, o la destrucción de hábitat.
El resto de la jornada discurrió fraternalmente, entre garras de leopardos, compungidos rostros de primates, y el babilónico semblante de los rinocerontes. Aquellos pobres desdichados me dieron tanta pena que incluso me dio un asalto de angustia cuando hice cargar los contenedores con los siete tigres, las dos panteras negras y los cuatro paquidermos de La India. Pero las órdenes eran las órdenes.
Al día siguiente, el Sant Antoni levó anclas y pusimos proa hacia Gibraltar.
La mañana era despejada, la mar estaba buena, y tan sólo unos tenues rizos de espuma sobre la superficie osaban desfigurar la tersura de su espejo. Algunas gaviotas afónicas sobrevolaron las gavias y el trinquete mientras nos alejábamos del fondeadero.
Habíamos comenzado el día junto a nuestra valedora, la armera Turón. Era míercoles, diez de la mañana, y nos habíamos acercado a su gabinete para principiar la planificación de la que sería nuestra futura primera práctica: una sesión de identificación de hojas.
Más tarde, la acompañamos en su instrucción junto a los tigres de 1º de ESO C, donde dedicamos la hora a la corrección de controles. Durante aquella sesión tuve oportunidad de descubrir el método de los "palitos", o así lo llamo yo, para la corrección de preguntas. Debe de tratarse de un alfabeto rúnico, y su utilización procede de los arcanos; el caso es que aquella inventiva de signos de corrección me tenía estupefacto. Trataré de explicarme. Si la pregunta está bien, se pone un aspa a la que la armera llama "positivo"; el signo es similar a la cruz de la orden de caballeros del temple. En el caso de que contenga algún leve fallo, le quita uno de los brazos al "positivo", dejando una especie de "T" tumbada. Un fallo más, supondría la retirada de un bracito más, resultando una simple línea recta vertical. Pero aquí viene lo paradójico y esotérico, puesto que, en caso de tener que bajar aún más la nota, en lugar de quitar un bracito más al positivo, la armera traza un símbolo diagonal consistente en una rayita que forma 45º con la horizontal. Un símbolo masónico, ciertamente. Por último, la valoración mínima se significa mediante una rayita horizontal.
Sea como fuere, aquella variedad de cifrados y caracteres me dejó sin habla. Una razón más, sin duda, para admirar las dotes de nuestra mentora.
Todavía cavilaba sobre estas abstracciones cuando, a última hora, asistía en el aula magna a una de las ilustraciones del constructor, Xavi. No puede decirse que aquella fuese una sesión constructivista, en realidad, sino más bien una sesión al estilo clásico de transmisión, en la que las enzimas impulsaban su energía de activación entre las convenientes cuestiones de los tigres de bachiller, que sitiaban al ponente y le obligaban a utilizar certeros ejemplos como el de comparar la carga de la enzima con el metro en hora punta.
Nada más que señalar de la clase, como no fuera el desconsuelo que provocaba ver la pobre pizarra digital, desamparada en una esquina.
Terminé mi jornada acodado en la popa, observando cómo el casco del Speedy, un bergantín inglés que pocas horas antes se había puesto al pairo nuestro, se perdía en la lejanía.
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