Parece ser que, en los orígenes, una virulenta enfermedad procedente de Levante peinaba las costas españolas de norte a sur. Lógicamente, no tardó en llegar a Barcelona. Los gobernantes, incapaces de domeñar las fiebres con el látigo del tesoro público, encargaron a los leopardos antonianos la gestión de un hospital que paliase el sufrimiento. Fue así como, unidas la "tau" antoniana y las armas de Barcelona, quedó instaurado el que más tarde sería el primer cuartel.
Se sabe que los leopardos antonianos mantuvieron su iglesia hasta bien entrado el XVIII. No sería hasta el once de mayo de 1806, que se firmara la cesión a los fieros escolapios, tigres de mil batallas y triunfadores de mil tormentas.
Mi llegada a bordo se produjo la mañana del día 15. Era una mañana de cielo despejado: ni una sola bruma hacía agitar las capas de aire.
Cuando llegué al embarcadero, el casco del Sant Antoni se balanceaba blandamente sobre las aguas. En el puente se vivía una gran agitación. Algunos comerciantes finalizaban sus transacciones, ante la atenta mirada de los marineros y oficiales que se afanaban por ultimar los preparativos.
No era una nave cualquiera. Parecía más bien de esos buques antiguos muy marineros diseñados para sobrevivir a las insondables tormentas de los Mares del Sur. En efecto, al acercarme, pude distinguir un casco recio, arcaico, de gran tonelaje, con tres palos de gran envergadura entre los castillos de proa y popa. Más tarde supe que más de mil quinientos grumetes pasan anualmente por sus camarotes. No es de extrañar, pues, que se haya convertido en uno de los buques insignia de la marina educativa de Cataluña.
Un teniente me indicó cómo llegar al castillo de proa. Allí fui recibido por el oficial de derrota, Roger Bernet, director pedagógico de secundaria, bachiller y ciclos formativos, y uno de los tigres más valerosos del Sant Antoni. No tardó en unírsenos mi compañera y timonel Anna de los Santos Artiga, con quien yo había coincidido en otra travesía a bordo del bergantín Pompeu Fabra.
La primera hora que pasamos con el oficial Bernet fue dedicada a nuestra instrucción general. Punto por punto, el oficial nos fue dando las pertinentes explicaciones en cuanto a los objetivos que requería el almirantazgo, bajo el mando de Sìlvia Lope. Bajo la cálida voz del oficial y escudándome en su límpida mirada de hombre bonacible, pude paliar en gran medida los nervios que me infundía mi nueva responsabilidad. Si bien, creo que tanto mi compañera como yo nos dábamos cuenta de que aquellas serían dos semanas de apasionada travesía por aguas inescrutables.
El oficial Bernet nos presentó a algunos otros camaradas en el puente. Tigres todos ellos de buen corazón e interminable saber hacer, experimentados como nadie en las batallas del día a día. Acodados en la amura de proa, vislumbramos cómo los objetos de la costa se alejaban hasta convertirse en figuras indistinguibles. Pronto la tierra desapareció del horizonte, y nos vimos rodeados únicamente de mar.
La visita guiada de la nave nos tomó menos tiempo del que hubiera sido menester. Ya se ha dicho que la nave está distribuida en torno a los dos torreones que conforman los castillos de popa y proa. Es en ellos donde el casco alcanza su desarrollo máximo, ya que, desde la cubierta hasta la línea de flotación la nave cuenta con cinco o seis pisos, con sus correspondientes entre-pisos.
En el castillo de popa, si mal no recuerdo, y de arriba abajo, se ubican una sala de reuniones de coordinadores y la sala de profesores; más abajo, en el cuarto piso, el despacho del oficial Bernet, y, respectivamente a lo largo de los pisos, sendos despachos de coordinadores de ciclo y otras dependencias que por su gran diversidad no recuerdo.
En la cubierta superior del puente, quinto piso, se encuentran los batallones de primero y segundo de bachiller, y 4º de ESO, y la fuerza de élite Ulises, los más fieros marineros que haya dado la patria. En el cuarto piso están las levas de 1º, 2º y 3º de ESO, levas con que la timonel De Los Santos y yo operaríamos más tarde. En la tercera cubierta, pude ver a los gavieros de 6º, 5º y 4º de primaria, y más abajo, en la segunda cubierta, a los artilleros de 3º, 2º y 1º de primaria. Ahora mismo no podría asegurarlo, pero imagino que los grumetillos de prescolar, los párvulos de la marina, son quienes están confinados en la primera cubierta, prácticamente paralelos a la línea de flotación y prestos a un abordaje a una sola orden de sus mayores.
Son varias las dependencias que se encuentran en el castillo de popa, si bien no he visitado este sector en tantas ocasiones como para hacerme una idea clara de su distribución. Recuerdo un par de salas de profesores, donde los fieros tigres descansan en sus ratos de ocio, que más bien son pocos. Si bien mis recuerdos son vagos e imprecisos, así que intentaré completar esta crónica a medida que discurran los días de mi periplo.
Toca ahora mencionar las delegaciones emplazadas en los medios-pisos, que conforman un juego laberíntico de pasillos y meandros de difícil descripción. Los indomables tigres andan por estas dependencias a sus anchas, demostrando un dominio del espacio sin parangón. Y he de decir que, si por mala ventura cayese un enemigo preso y fuese encerrado en alguna de aquellas mazmorras, no lo tendría fácil para encontrar la salida. Es allí donde se encuentran las salas de informática y tecnología, los cuatro laboratorios (de química, biología, y otros dos de cuyo nombre no quiero acordarme), el aula magna del buque, y una decena más de intrincados imposibles de dilucidar como no sea visitándolos más a menudo.
Por último, imposible sería pasar por alto la zona de calderas, alma del buque y fuerza motriz de tan colosal nave, sin cuyo combustible todo funcionamiento sería del todo imposible. Allí fuimos llevados prácticamente con los ojos vendados, atravesando mil rincones de la mano de nuestro oficial. Es en esta zona donde se ubican Secretaría y Dirección, y donde conocimos por fin al capitán, el director Ramón Beringues, un marinero alto y con espaldas de galeote, que nos dio la bienvenida deseándonos una buena travesía.
Vale decir que el buque cuenta con una chalupa anexa, llamada Casal. Esta chalupa navega siempre al pairo de la nave principal y se encarga de velar por las actividades extra-escolares. Su mando recae sobre el comodoro David Magrí, cuyo talante y funciones trataremos en un postrer momento.
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